martes, 1 de enero de 2008

La Vida

Es el transcurso de tiempo que va del nacimiento a la muerte y en la que toda persona intenta su mayor realización para contemplación, regocijo, alegría o envidia del resto. No nos engañemos, estamos en una época en la que todo, absolutamente todo, se mueve por un interés personal, y donde no importa aplastar a nadie si con ello conseguimos lo que ansiamos. Eso de que “el fin no justifica los medios” está en desuso.

Pero creo que la vida es mucho más que eso. Esta llena de todo tipo de momentos. Es bonita cuando está llena de momentos buenos, momentos de risas y diversión, de momentos que se quedan en la retina por su emoción, por su cariño. Fea cuando de momentos de angustia y desesperación se vive, cuando “se toca fondo” y no se encuentra solución.

A veces dura con sus palos, qué complicado superarlos, pero a la vez, cuánto aprendemos de ellos. La creemos justa cuando todo lo que se añora se consigue, qué grata y qué benévola. Y cómo hace que te esfuerces cuando de conseguir algo grande se trata y que orgullo se siente por dentro, si tanto esfuerzo, al fin, no ha sido en vano. Qué injusta, en cambio, desde el comienzo hasta el fin. Es injusta por las circunstancias, por el tiempo y por el cómo toca vivirla. El hecho en sí del nacimiento ya es una gran injusticia… algunos nacen sanos, otros con problemas, unos feos, otros guapos, unos tontos, otros listos, unos con la gran suerte y privilegio de nacer en familias con recursos, otros que, sin embargo, se mueren de hambre y sed por no tener lo básico. ¡Qué injusticia! La suerte no la tenemos todos por igual, pero no se debe añorar o envidiar lo ajeno, sino aprovechar y saber reconducir nuestras vidas asumiendo cómo somos, cómo vivimos, sin tener que avergonzarnos de ello, y hacer de nuestra vida un ejemplo constante de superación.

No hay nada más confortable que el orgullo de haber sido capaz de construir algo grande desde la nada y sin más herramientas que el esfuerzo, la ilusión, la voluntad y la creencia en sí mismo. Son ese tipo de personas las que llevan las riendas de un mundo globalizado, donde el sentido de la palabra solidaridad se desvirtúa por momentos y donde ejemplos (se sea católico o no) como el de Santa Teresa de Calcuta y Santa Ángela de la Cruz, son fieles reflejos de la dedicación y entrega y de la solidaridad en todo el sentido que la palabra engloba.

La empresa más grande de esta vida es aquella que se realiza desde la humildad y el cariño a los demás. Siempre habrá ganadores y perdedores, porque, de suyo, la vida es injusta, ya lo he dicho. Pero aquellos que aún pudiendo ganar, pierden, no habrán superado el reto que es, en sí, la vida. La vida los puso a prueba… y no la superaron. Pero todos aquellos que en sus años de existencia hayan conseguido más de lo esperado, sin ser déspotas ni tiranos, sin ser arrogantes ni soberbios, cuando al final de sus días hagan repaso de lo vivido, acabarán por decir: qué duro ha sido, a veces qué difícil, a veces qué maravilla, cuánto he aprendido, cuánto espero haber podido enseñar con mi ejemplo, y sobre todo, cómo ha merecido la pena.

La persona que al final de su vida, haya pasado por ella convirtiendo cada momento en un reto, cada palo en una enseñanza y si al fin, cada uno en la medida de sus posibilidades, ha pasado por ella con la cabeza bien alta por haber hecho o intentado, al menos, hacer de su vida un ejemplo constante, viviendo consciente e intensamente, sólo esa persona podrá asumir la muerte con la tranquilidad necesaria que da el hecho de sentirse realizado siendo arropado por la certeza de haber hecho lo que en cada momento debía, con entrega y dedicación absolutas hacia las personas que lo han rodeado y hacia su trabajo.

No hay comentarios: