jueves, 27 de marzo de 2008

Una ilusión llamada España

Después de lo acontecido últimamente, no estaría mal volver a mirar al pasado para ver qué es lo que hizo a nuestra nación mantenerse unida y llegar a las mayores cotas de éxito de la historia. Ya se sea de un partido u otro, y se defiendan las ideas que se defiendan, creo que deberíamos replantearnos la vida política de esta nación. Sería muy aconsejable volver a los principios que hicieron de España, allá por 1978 una nación unida en torno a los mismos valores, aunque defendidos desde diferentes puntos de vista. Tras las elecciones se habla de si la derecha está más radical o más “blanda”, que si la izquierda ha hecho desaparecer a su parte más extremista (Izquierda Unida) porque también se ha radicalizado, de que si la Iglesia opina o deja de opinar sobre política y utiliza el voto de sus fieles a su interés (sólo faltaría que la Iglesia no pudiera opinar sobre política, ya que de facto les afecta como a cualquier ciudadano y deben defender sus derechos), etc., etc., etc.

Pero estas discusiones, no nos engañemos, no llevan a ningún lado salvo a crear una fractura entre la población española. Y no se trata de eso, sino de intentar potenciar una nación cohesionada y saber utilizar su diversidad en provecho de todos. De lo que se trata en definitiva, es de conseguir hacer de España una de las primeras potencias del mundo. Pero “la casa no se construye por el tejado”, y se debe comenzar por reactivar todos los sectores y alcanzar el mayor grado de competitividad en todos los ámbitos.

Esto que parece, a las luces de algunos, tan difícil, no se trata de otra cosa que darle a cada ciudadano su papel dentro de esta sociedad. En cuanto al terrorismo, darle los incentivos suficientes a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para combatirlo, que los jueces y fiscales no descansen mientras haya un solo terrorista en las calles y rogándoles que no dobleguen su principio de autonomía en ningún caso. En cuanto a la educación, volver a darles a los padres y a la familia el papel de educadores que desde tiempos remotos les corresponde haciendo del profesor un apoyo para el desarrollo intelectual del alumno. No se debe olvidar, que el profesor está para enseñar y para colaborar en la formación y educación del alumno. En cuanto a la enseñanza, procurar un profesorado cualificado, con una enseñanza de calidad e inculcar a los alumnos los principios de esfuerzo, trabajo, mérito y capacidad. En lo que a la cuestión laboral se refiere, dar preferencia a los trabajadores españoles dotándolos de unas condiciones laborales dignas en cuanto a seguridad y salario. En economía, potenciar, aprovechando la diversidad cultural de España, los recursos de cada región dotando a los empresarios de subvenciones y cierta primacía de sus productos en los mercados nacionales para así, reactivar nuestra economía interior, y una vez conseguido esto, exportar al extranjero los productos con denominación española, si cabe, con más ímpetu que ahora, para hacer de nuestros productos y servicios el objeto constante de la demanda internacional. En las relaciones exteriores, mantener buenas relaciones con todos los países democráticos y más estrechas con aquellas naciones que puedan ayudarnos a crecer en el marco internacional.

En síntesis, es esto lo que queda por hacer, cosas basadas sobre valores simples de respeto a los demás y sus ideas, de unidad dentro de una diversidad que es lo que hace grande a España, de esfuerzo común para conseguir un único objetivo… en definitiva, intentar olvidar fracturas sociales, porque nuestra gran historia nos ha dejado recursos más que suficientes para mirar al futuro con ganas, con ilusión y con sentido común. Quizás no se trata de recordar las etapas oscuras de nuestra historia, pero sí de recordar lo que fuimos: un gran imperio donde no se ponía el sol. Hay que volver a hacer de España el Imperio que fue, pero en el siglo XXI, y llegar a ser la envidia de pueblos y naciones. Un gran imperio formado por gente humilde, trabajadora, luchadora por sus ideales, honesta, cívica y solidaria. Estoy seguro que España lo puede conseguir, otra cosa distinta es que quiera conseguirlo y el modo de hacerlo.

martes, 4 de marzo de 2008

¿Qué es de ti, Sevilla?

Hace unos días, durante mi estancia en un hostal de Madrid, me preguntaba por ti. Hacía sólo dos días que me había marchado y sólo faltaban dos para volver, y ya te echaba de menos. No sé qué es lo que tienes que desde que se sale de ti, se te añora. Quizás es el olor, el sabor, el color; quizás el singular ritmo de vida al que me tienes acostumbrado, quizás las imágenes de esos lugares, de esos momentos que se quedan en la memoria. Y ahora, justo en primavera, marcharse de Sevilla o no venir a ella bien podría ser pecado.

Eres ciudad que mal acostumbra al que vive en ella. Es Sevilla la que hace al sevillano, tan particular. Una forma de ser que la da una ciudad milenaria. Pero, pensándolo un poco, ¿qué queda de milenaria en ti? Se han hecho contigo unos que se creen que eres suya, y se han propuesto aniquilarte poco a poco. Es bueno que te modernices, pero todo depende del cómo, dónde y cuánto. Una peatonalización a tiempo no vino mal, porque tu Catedral estaba para “entregar el correaje”, pero no se hizo bien y se ha tenido que subsanar parche tras parche. Había necesidad de replantearse una nueva red de transportes ¿Pero era el Metro la mejor opción? Seguramente habría muchas más opciones para evitar el caos del tráfico rodado y no tener calles cerradas durante años para sólo la realización de la primera línea, que todavía no hemos estrenado. ¿De verdad que hacía falta un Tranvía para dos calles? Supongo que con una flota de autobuses ecológicos hubiera sido suficiente, y así evitábamos que nos dieran “gato por liebre” con los vagones (que son los del Metro no inaugurado y no los propios de un tranvía) y por supuesto, el destrozo visual que causan unas catenarias, se miren por donde se miren.

Sevilla, estás perdiendo ese sabor que te hacía tan característica y atractiva a la vista de todos. Que tu calle San Fernando parece un muelle con miles de barcos de vela atracados (efecto visual de las catenarias), que tu Avenida de la Constitución se va a conseguir ver desde la estratosfera (como tu Feria de Abril) del número de farolas fernandinas que hay en ella, trasladas de otros lugares como la Puerta de Jerez que bien parece un cine de verano con tantos bancos de cierta empresa, y mejor no hablar de las farolas de nuevo corte que han colocado en ella.

Pero lo de las nuevas farolas en Sevilla es otro apartado, pasamos de ser unos “rancios” a los más modernos del mundo. ¿Qué pintan farolas estilo pitillo en la Puerta de Jerez con lo bien que le sentaban las fernandinas trasladadas a la Avenida?, ¿Y no horroriza el nuevo estilo dado a la Plaza del Pan con esos troncos por bancos y esas farolas estilo ducha al igual que las de la Plaza de la Pescadería? Más aún, último gran monumento moderno en pleno centro de Sevilla, ¿Qué me dicen de las setas, champiñones o como lo quieran llamar que están construyendo como centro comercial y de ocio en plena Plaza de la Encarnación? Me estoy quedando sin palabras. Se ha aprovechado lo que era necesario para seguir y “meterse en camisa de once varas”.

Nunca pensé que fuera bueno presumir de ti, Sevilla. No lo pensé porque prefiero que todo el que venga lo compruebe por sí y no por otros. Porque si la gente no es tonta para darse cuenta de los defectos, tampoco lo es para darse cuenta de las virtudes, así que mejor dejarlo a juicio del que te visite. Pero me temo, que así las cosas, cada vez van a comprobar menos. Me queda el consuelo que da el poderse ir siempre al Barrio del Arenal, a la Plaza del Salvador o a la Calle Mateos Gago y tomarse unas buenas tapas por cuatro duros y medio, que de eso es mucho Sevilla.

Espero que esta primavera, con tu Semana Santa y tu Feria, mitiguen el destrozo que algunos hacen y ensalcen la belleza de lo que, por tradición y costumbre, es una maravilla en esta tierra; aunque, quién sabe, a lo mejor le dan también a tus fiestas grandes un aire moderno porque piensen que adolecen de rancio sabor. Como así sigamos, sé hoy qué es de ti, pero no me puedo imaginar qué será de ti.