jueves, 8 de mayo de 2008

Qué ordinario es el Verano

Ya se acerca esa época tan deseada para descansar y divertirse y a la vez tan ordinaria en las formas. Con la entrada de las altas temperaturas la gente se desmelena, aunque siempre se puede ver al típico señor de avanzada edad que aunque haga 40º a la sombra, sigue con su incombustible traje y corbata de siempre. Pero la gente que no es tan fundamentalista suele aligerarse de ropa y algunos se aligeran en exceso. Todo exceso es malo, pero si además viene acompañado de una dosis de falta de estética, el tema es desolador. A continuación paso a dar algunos consejos para evitar que se pase por situaciones que he vivido algunos años y que también paso a describir.

En primer lugar, si en la época estival es necesario hacer trayectos, lo menos ordinario es hacerlo en el coche de San Fernando (ya saben, un ratito a pie y otro andando) y de ser un trayecto demasiado largo el taxi es la otra opción, aunque ya la gran mayoría de ellos huelen en esta época a un pachuli de curiosa fragancia que al que menos lo desmaya. Todo sea por evitar el autobús. Para que vean hasta qué punto es de primera necesidad evitarlo, contaré la anécdota que me ocurrió hace ya algún tiempo. Se subieron en cierta parada una familia al completo con toda falta de estética (una madre entrada en kilos con un top bien ceñidito y la mitad de los michelines al aire y las niñas, que no podían negar ser hijas de quien eran, con veinte pendientes por todo el cuerpo, tatuajes y demás accesorios horteras y por supuesto, enseñándote el tanga) y de educación (pues de todo lo que hablaban estaba informado hasta el más despistado del autobús). Para que se hagan una idea, sólo pasaré a describir una de las frases que esa madre sudosa y pegajosa gritó en aquel vehículo: “¡Chofe, que en la siguiente me bajo!, ¡Cucha Soraya! Llámame an ca’ l’Encarna y pregúntale qué le jecha al puchero que le sale tan rico que hoy lo voy a hace yo, a ve cómo me sale”, a lo que responde la niña con total desprecio “ojú omá que pesaíta ta coño con el puchero”. Esta situación en una familia normal no creo que se diera, aunque de darse la traducción exacta sería: “Sr. Conductor ¿le importaría abrirme las puertas para bajarme en la siguiente parada?, Bea por favor, llama a casa de la Srta. Encarnación y pregúntale con qué ingredientes hace el gazpacho (el puchero en verano es siempre ordinario por los efectos que con el calor, causa en las personas tras ingerirlo) que le sale tan bueno, que hoy lo voy a intentar yo” a lo que la niña bien educada sólo respondería con un “enseguida mamá”. Por cosas como esta es por lo que debe evitarse un autobús en verano.

Pero uno, que anteriormente estaba en una playa desierta, porque más que playa aquello se componía de piedras con arena, al pasar a una playa fantástica lógicamente le ocurren situaciones que sin duda rozan lo inimaginable. Después de aquello ya entendí por qué los Domingos la gente normal no está en la playa, y cuando propuse bajar a pasar la tarde la respuesta fue “hoy no que es Domingo, ¿estás loco?”. Yo empeñado en darme un baño y un paseo por esa fantástica playa bajé solo, para qué se me ocurriría. Justo en la bajada, en la hilera de tablas de madera que se ponen para acceder a la orilla oí decir a una niña, muy fina ella, eso de “ostia que me quemo coño con la mierda de tablas estas”. A partir de ahí pensé que mejor sería que se me hiciera el cuerpo a la situación, me relajara y me hartara de reír con todo aquello que viera. Comprobé que los Domingos, el que no tiene cuatro amigos y un balón para hacer el mono no es nadie. Pero mi asombro no cesó en toda la tarde. Mientras tomaba el sol, tenía al lado a la típica pandillita tragantona de niñatos formada por “er Rafi, er Pepelu, la Jessi y la Vane”. Todo normal (aparte de meterse mano a diestro y siniestro) hasta que les dió por la batallita de arena y pasó lo que pasó. A la Jessi, que tenía un cuerpo de escándalo si le quitamos tres tatuajes y cuatro piercing, er Rafi le había refregado una bola de arena por todo el cuerpo y a la niña no se lo ocurrió otra cosa que decir “jo puta Rafi cabrón que mas llenao to la teta izquierda de arena, cómo te trinque te voy a meter la arena por donde tu sabes”. Después de eso, no tuve más remedio que meterme en el agua, lugar donde, para desgracia mía, se encontraban er Pepelu y la Vane sacudiéndose la arena. Todo hay que decirlo, Pepelu estaba más caliente que el palo de un churrero y “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid”, en un arrebato de pasión le metió mano a la Vane, la cual gritando dijo “Kiya er Pepelu que guarro es, aquí en medio de tor mundo”. Yo no pude más y me fui a dar un paseo, curioso donde los haya.

Cada vez se hacía más imposible andar entre los niñatos con las tablas en la orilla, otros tantos con el mítico baloncito, los niños chicos deambulando en pelotas por donde querían, la abuela gorda sentada en el rompeolas con las piernas abiertas y aquello a remojo (qué fresquita estaba ella, tenía una cara de felicidad inimaginable), etc., todo lo de un Domingo se soporta, pero ¡por Dios!, ¿no podría venir un tsunami que se llevara a la gorda? Seguro que si viniera tampoco se la llevaba. Pero lo que sí es cierto es una cosa: el que no está a la última en tecnología es porque no quiere. Los domingueros montan ya no sólo la mesa, las sillas y sacan la tortilla de patatas, eso ya está anticuado. Ahora lo que se ve son unas carpas de dimensiones considerables con aire acondicionado incluido y una mesa para doce personas y sofá hinchable (que lo de las sillas es de pobre y ellos “están en er taco gordo”) donde aparte de la típica tortilla, también se alimentan de croquetas y demás variedades que haya preparado la abuela. Por supuesto no falla la baraja de cartas, las palas, el balón, las tablas, los manguitos, los flotadores, la colchoneta tamaño cama de matrimonio y por supuesto el juego de cubo, pala, rastrillo y demás utensilios para el juego de los niños en la arena. Recuerdo que en una de estas carpas oí a una prima que le decía a otra (la cual después de haber estado haciendo el ganso por la playa todo el día estaba desatada y se comía todo lo comestible): “kiya Desi coño no seas guarra y no le metas mano a to, que tas to manchá de arena”. Eso acabó conmigo y decidí subirme a mi casa, ya había tenido suficiente.

Pero todavía quedaba un regalito al salir de la playa. Se trataba del coche tuneado “der Fiera de Tarifa y er Tigre de Chiclana” que venían con sus gafas pastilleras, sus cuatro pendientes en cada oreja, los bañadores por debajo de la rodilla con los calzoncillos asomando, el peinado cacerola en uno y cenicero en otro y sus correspondientes tablas para aprovechar las últimas olas… Desde ese día yo sólo bajo a la playa los Domingos cuando estoy aburrido y tengo ganas de reírme. Ya viene, ya se acercan las altas temperaturas, el verano puro y duro llega. Si para evitar esto, piensan irse de viaje, escojan bien el sitio, porque estos sujetos de Domingo invaden ya hasta el Foro Romano, donde hace dos veranos me encontré a una familia gaditana que detrás mía venían chillando “Un, dos, un, dos, tres, ese Cai oé” y para que se hagan una idea de la que liaron en un Foro Romano a reventar de gente, se hicieron una foto toda la familia y justo antes de hacerla una de las de la excursión familiar gritó “Cucha Pepe, hesha ya la foto pero que no vaya a salí nadie que no sea de mi familia”. Así que por eso les digo que busquen un lugar apartado y medio solitario si lo que quieren es relajarse y descansar que para tener que observar cosas como las descritas ya hay demasiada gente.

1 comentario:

Anónimo dijo...

jajaja cuevita muy gracioso,la verda q los domingos no se puede bajar a la playa,lo q te pasa a ti no le pasa a nadie..bueno tocayin un abrazo y sigue asi...