No hace mucho tiempo, un domingo cualquiera acudí, como fiel cristiano, a Misa. No hay nada de extraño en ello, aunque con los tiempos que corren cada vez se vean menos personas jóvenes en las Iglesias. Además, perder la sana y cristiana costumbre de ir a Misa en una ciudad tan mariana como Sevilla no tiene perdón de Dios. Yo, que soy persona que acostumbra a hacer siempre lo mismo cuando es lo más adecuado aunque produzca monotonía, suelo ir siempre a la misma Parroquia y a la misma hora (siempre que puedo) a cumplir con Dios. Omitiré el lugar y hora para que no puedan sentirse ofendidos ni la curia ni las familias que allí se congregan, a las cuales desconozco y no me importaría citar de qué lugar se trata, pero la prudencia y el decoro me recomiendan su omisión. Los que me conocen bien sabrán de qué sagrado lugar hablo. La cuestión es que entre los feligreses no hay término medio. Los hay incombustibles de edad más que avanzada o que llegan escasos al año de vida. Estos últimos suelen “oír” Misa allí porque sus padres los llevan luego a ver a sus abuelos residentes en la feligresía. A esta afluencia de niños hay que añadir la estructura de la Parroquia, que cualquier arquitecto con un poco de sentido común destinaría esa construcción a usos deportivos en vez de religiosos. Y por supuesto, como obviar la falta de educación y de sensibilidad de los padres de las criaturas. Pero para que puedan entenderlo, vayamos por partes.
La Parroquia en estos últimos tiempos ha hecho reformas y ha cambiado de ubicación a la Virgen del Carmen colocándola en un pequeño y discreto altar decorado con una estupenda alfombra en la parte posterior de la Parroquia. Esto provoca que cuando se esté oficiando la Misa, casi todo el mundo ignore lo que sucede en esa parte de la Parroquia. Pero dio la casualidad que, uno de los días en los que sin pretenderlo me entretuve y “le di algo de ventaja al cura”, no había otro lugar donde sentarse que junto a la Virgen del Carmen. Créanme, pocas veces he estado tan cerca de una Virgen y he conseguido rezar tan poco, ni por descontado, enterarme de nada de lo que el señor párroco decía. Desde tiempos inmemoriales, según la hora, la Iglesia, la preparación y don de palabra del oficiante y algunas circunstancias más influyen en que el hecho de ir a Misa sea más o menos aburrido y no por ello deja de ser piadoso y meritorio para la salvación de nuestra alma. Todo lo contrario, mientras menos “atractiva” encontremos una Misa, más meritoria será nuestra presencia en ella.
Pero lo que nunca pude llegar a pensar (seguro que el clero tampoco), es que una Misa se haría insoportable por un factor nuevo: que los niños hagan de la Misa una especie de guardería con el consentimiento de sus padres. Esto ocurre. La alfombra a la que antes he hecho mención (de gran tamaño) se ha convertido en el sitio ideal dentro de la Parroquia para que los padres dejen a sus hijos mientras ellos oyen Misa. En la alfombra, a los pies de la Virgen, se llegan a concentrar de cuatro a diez niños de los que ninguno llega a los seis años de edad, y no sólo se llena de ellos, sino también de coches de juguetes y demás utensilios para el desfogue, a sus anchas, de los niños. A todo esto debe añadírsele el alboroto y griterío que causan con sus juegos (normales en un parque) anormales, sus saltos y demás acciones que un niño de esa edad es normal que realice en esos momentos. Lo que cualquier persona con un poco de educación debe pensar en estos momentos es en la paliza que se llevarían los niños, pero no, tal paliza no se produce, sino todo lo contrario. Hay que aguantar la mala educación de los padres que no sólo se despreocupan de los niños, sino que cuando los vigilan y contemplan lo que sus hijos hacen, entre ellos (todos los padres congregados en aquella zona de la Parroquia) dejan entrever una sonrisa inútil como mínimo y gilipoyezca en el peor de los casos, con la consiguiente caída de baba y cara de subnormales que se les pone para terminar comentando entre ellos “¿has visto qué gracioso es mi niño?”. Pero esto no acaba ahí. Más de una madre se tira a la alfombra para sacar a su hija de allí y arreglarla un poco, y ni corta ni perezosa sienta a la niña en la mesa del altar de la pobre Virgen del Carmen, y junto a su peana se dispone a volverle a hacer el lazo del pelo mientras la niña comienza a tirar del manto de la Virgen, que debe hacerle mucha gracia. Todo lo contrario a la Virgen, que hasta se le pudo ver el rostro contrariado ante el peligro de quedarse en paños menores.
Yo no veo lo gracioso que es el niño como pretende hacerme ver el padre. Yo veo un simple niño que lo que quiere, como todos a esa edad, es divertirse. Lo que sí que veo es la falta absoluta de educación, de tacto, de saber estar en los sitios del padre y por descontado su ineptitud y falta de autoridad para dominar al hijo. Claro, que el hijo, que a todas luces es más listo que el padre, lo ha debido ver a este con pinta de subnormal, alelado y toreable. Este tipo de familias son como el perro del hortelano, ni oyen Misa ni la dejan oír. Y lo curioso es que siempre acuden al mismo argumento para justificarse: a los niños hay que traerlos a Misa desde pequeños para que vayan formándose cristianamente. Es cierto, pero es que a una persona, pequeña o adulta, para sacarla de su casa primero hay que enseñarla a comportarse y después a todo lo demás.
Dentro de lo que cabe, estos al menos se encuentran en la “guardería parroquial”. Más delito tienen los padres que mantienen a sus hijos junto a ellos en los bancos y en la Consagración (único momento que los pierden de vista), las criaturas se dedican a potrear por los bancos incordiando (por ser fino) a todos los que arrodillados se encuentran en el reclinatorio del banco posterior. No nos equivoquemos, Jesucristo dijo “dejad que los niños se acerquen a mí” pero no matizó en ningún momento que fuera a cualquier precio, y no creo que estuviera dispuesto a que se acercaran a Él destrozando la Casa de su Padre, ni estorbando a los demás fieles, pues ya saben que el undécimo Mandamiento no escrito es “no estorbar”.
La Parroquia en estos últimos tiempos ha hecho reformas y ha cambiado de ubicación a la Virgen del Carmen colocándola en un pequeño y discreto altar decorado con una estupenda alfombra en la parte posterior de la Parroquia. Esto provoca que cuando se esté oficiando la Misa, casi todo el mundo ignore lo que sucede en esa parte de la Parroquia. Pero dio la casualidad que, uno de los días en los que sin pretenderlo me entretuve y “le di algo de ventaja al cura”, no había otro lugar donde sentarse que junto a la Virgen del Carmen. Créanme, pocas veces he estado tan cerca de una Virgen y he conseguido rezar tan poco, ni por descontado, enterarme de nada de lo que el señor párroco decía. Desde tiempos inmemoriales, según la hora, la Iglesia, la preparación y don de palabra del oficiante y algunas circunstancias más influyen en que el hecho de ir a Misa sea más o menos aburrido y no por ello deja de ser piadoso y meritorio para la salvación de nuestra alma. Todo lo contrario, mientras menos “atractiva” encontremos una Misa, más meritoria será nuestra presencia en ella.
Pero lo que nunca pude llegar a pensar (seguro que el clero tampoco), es que una Misa se haría insoportable por un factor nuevo: que los niños hagan de la Misa una especie de guardería con el consentimiento de sus padres. Esto ocurre. La alfombra a la que antes he hecho mención (de gran tamaño) se ha convertido en el sitio ideal dentro de la Parroquia para que los padres dejen a sus hijos mientras ellos oyen Misa. En la alfombra, a los pies de la Virgen, se llegan a concentrar de cuatro a diez niños de los que ninguno llega a los seis años de edad, y no sólo se llena de ellos, sino también de coches de juguetes y demás utensilios para el desfogue, a sus anchas, de los niños. A todo esto debe añadírsele el alboroto y griterío que causan con sus juegos (normales en un parque) anormales, sus saltos y demás acciones que un niño de esa edad es normal que realice en esos momentos. Lo que cualquier persona con un poco de educación debe pensar en estos momentos es en la paliza que se llevarían los niños, pero no, tal paliza no se produce, sino todo lo contrario. Hay que aguantar la mala educación de los padres que no sólo se despreocupan de los niños, sino que cuando los vigilan y contemplan lo que sus hijos hacen, entre ellos (todos los padres congregados en aquella zona de la Parroquia) dejan entrever una sonrisa inútil como mínimo y gilipoyezca en el peor de los casos, con la consiguiente caída de baba y cara de subnormales que se les pone para terminar comentando entre ellos “¿has visto qué gracioso es mi niño?”. Pero esto no acaba ahí. Más de una madre se tira a la alfombra para sacar a su hija de allí y arreglarla un poco, y ni corta ni perezosa sienta a la niña en la mesa del altar de la pobre Virgen del Carmen, y junto a su peana se dispone a volverle a hacer el lazo del pelo mientras la niña comienza a tirar del manto de la Virgen, que debe hacerle mucha gracia. Todo lo contrario a la Virgen, que hasta se le pudo ver el rostro contrariado ante el peligro de quedarse en paños menores.
Yo no veo lo gracioso que es el niño como pretende hacerme ver el padre. Yo veo un simple niño que lo que quiere, como todos a esa edad, es divertirse. Lo que sí que veo es la falta absoluta de educación, de tacto, de saber estar en los sitios del padre y por descontado su ineptitud y falta de autoridad para dominar al hijo. Claro, que el hijo, que a todas luces es más listo que el padre, lo ha debido ver a este con pinta de subnormal, alelado y toreable. Este tipo de familias son como el perro del hortelano, ni oyen Misa ni la dejan oír. Y lo curioso es que siempre acuden al mismo argumento para justificarse: a los niños hay que traerlos a Misa desde pequeños para que vayan formándose cristianamente. Es cierto, pero es que a una persona, pequeña o adulta, para sacarla de su casa primero hay que enseñarla a comportarse y después a todo lo demás.
Dentro de lo que cabe, estos al menos se encuentran en la “guardería parroquial”. Más delito tienen los padres que mantienen a sus hijos junto a ellos en los bancos y en la Consagración (único momento que los pierden de vista), las criaturas se dedican a potrear por los bancos incordiando (por ser fino) a todos los que arrodillados se encuentran en el reclinatorio del banco posterior. No nos equivoquemos, Jesucristo dijo “dejad que los niños se acerquen a mí” pero no matizó en ningún momento que fuera a cualquier precio, y no creo que estuviera dispuesto a que se acercaran a Él destrozando la Casa de su Padre, ni estorbando a los demás fieles, pues ya saben que el undécimo Mandamiento no escrito es “no estorbar”.



1 comentario:
Creo que estas muy equivocado en lo que dices. Los padres van con sus hijos a Misa porque muchas veces es imposible organizarse de otra manera. Los llevan con juguetes y chucherías para que no lloren ni se dediquen a correr por toda la Iglesia, de todas maneras se ponen al final para molestar lo menos posible. ¿ Crees que sería mejor que todos los padres con niños entre 0 y 8 años tuvieran que dejar de ir a Misa por la intolerancia de unos poco que no comprenden su situación?
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