En este país la estupidez puede llegar a alcanzar cotas inimaginables, máxime cuando nos dejamos en manos poco experimentadas en las labores de gobierno (por ser bueno y no calificarlo más groseramente). En el caso que ocupa no sólo se ha demostrado la torpeza del Gobierno, sino que también se ha puesto de manifiesto la poca preparación (básica y exigible a un niño de primaria) de sus componentes.
Sé que el tema de la igualdad entre hombres y mujeres está ya algo repetitivo, pero es este Gobierno el que crea las polémicas sobre el mismo para que se siga hablando una y otra vez. Desde el comienzo, nuestro querido Presidente apostó por integrar a la mujer en todos los ámbitos, cosa que me parece más que fantástico, pero como no supo por donde empezar y no marcó ninguna hoja de ruta medianamente normal, se dedicó a proyectar la Ley de Igualdad, por la cual en los accesos a los diferentes puestos de trabajo se tiraba por los suelos los principios de mérito y capacidad de los candidatos al puesto. La Ley marcaba un cupo de hombres y otro de mujeres teniendo que existir, en la medida de lo posible, el mismo número de uno y de otros. Y en este punto no me queda otra que estar frontalmente en desacuerdo y explicaré por qué.
Los puestos de trabajo están para, entre todos los optantes al mismo, los que mejor acrediten sus cualidades para el trabajo que se requiere. En ese sentido no debe importar el sexo del optante, sólo y llanamente si está capacitado para desarrollar las actividades que en el puesto se exijan o si, por el contrario, “no junta dos papas”. Esto es lo que “se salta a la torera” la nueva Ley de Igualdad y tiene su consecuencia más inmediata en la llegada de mujeres ineptas a cargos de gran relevancia. Con esto no digo que las mujeres sean todas tontas, ni mucho menos, simplemente que hay un porcentaje, al igual que en los hombres, que no sirven para determinadas ocupaciones. Es más, hoy es una realidad que la mujer, a base de empeño, está consiguiendo resultados buenísimos en todos los campos, y en las diferentes ciencias obtienen las mejores calificaciones. Por ello, no es de extrañar que a partir de un tiempo, las mujeres copen la mayoría de puestos de trabajo de cierta capacidad por méritos propios y no por regalo de un gobierno mediante Ley. Lo primero lleva al éxito siempre, mientras lo segundo lleva a la puesta en evidencia continua.
Buen ejemplo de esto último es el nombramiento, sin ir más lejos, por
el Gobierno de las ministras que van a ocupar diferentes carteras. A Rodríguez Zapatero no se le ocurre otra cosa que crear una nueva cartera, la de Igualdad (que a mi parecer sirve de poco), otorgándosela a una chica de experiencia inexistente y juventud exagerada para el puesto que ocupa. Muchos pueden pensar que “da igual, total, para lo que tiene que hacer…”. Pero es que hasta para estar “cruzada de brazos” como quien dice hay que estar capacitado y al menos saber Lengua española y Literatura. Es sabido que a este gobierno le gusta, siempre que el castellano le deje, mencionar el masculino y femenino de todos los vocablos que gocen de ellos. Pero una cosa es eso, y otra inventarse los femeninos de las palabras que carecen de los mismos. Que se diga “los ciudadanos y las ciudadanas” pasa aunque rebote a muchos. Lo que no pasa son expresiones como “los médicos y las médicas”, “los soldados y las soldadas”, “los jueces y las juezas” y muchísimo menos “los miembros y las miembras” como manifestó la citada ministra hace poco.
Días atrás, en el Semanal de ABC, Arturo Pérez Reverte manifestaba que la Real Academia de la Lengua Española de la que él es miembro, que no miembra, no cede a chantajes y manifiesta siempre lo que es y lo que no, en beneficio de la conservación de la Lengua. Pues bien, los femeninos de los vocablos anteriores son “la médico”, “la soldado”, “la juez”, etc. como prescribe nuestro diccionario de Lengua española y no como se le antoje a nuestro gobierno.
La igualdad se debe abanderar para que las condiciones de trabajo sean similares para hombres y mujeres, para que no haya despidos improcedentes por embarazo y en definitiva, para erradicar cualquier tipo de discriminación en cualquier ámbito, tanto laboral como sociológico. Lo que sobra en todo este asunto es la promoción de esta igualdad partiendo de cosas innecesarias como lo son el cambio de los muñecos de los semáforos a unos con falda, crearle femeninos a palabras del castellano que no lo tienen modificando así una lengua milenaria, etc. Pero todavía, con este Gobierno en lo que nada es como es (ni las negociaciones con ETA, ni el trasvase, ni la crisis, etc., son tales, sino otra cosa), pueden verse más cosas insólitas, todo es no desesperar y verlas venir.
Sé que el tema de la igualdad entre hombres y mujeres está ya algo repetitivo, pero es este Gobierno el que crea las polémicas sobre el mismo para que se siga hablando una y otra vez. Desde el comienzo, nuestro querido Presidente apostó por integrar a la mujer en todos los ámbitos, cosa que me parece más que fantástico, pero como no supo por donde empezar y no marcó ninguna hoja de ruta medianamente normal, se dedicó a proyectar la Ley de Igualdad, por la cual en los accesos a los diferentes puestos de trabajo se tiraba por los suelos los principios de mérito y capacidad de los candidatos al puesto. La Ley marcaba un cupo de hombres y otro de mujeres teniendo que existir, en la medida de lo posible, el mismo número de uno y de otros. Y en este punto no me queda otra que estar frontalmente en desacuerdo y explicaré por qué.
Los puestos de trabajo están para, entre todos los optantes al mismo, los que mejor acrediten sus cualidades para el trabajo que se requiere. En ese sentido no debe importar el sexo del optante, sólo y llanamente si está capacitado para desarrollar las actividades que en el puesto se exijan o si, por el contrario, “no junta dos papas”. Esto es lo que “se salta a la torera” la nueva Ley de Igualdad y tiene su consecuencia más inmediata en la llegada de mujeres ineptas a cargos de gran relevancia. Con esto no digo que las mujeres sean todas tontas, ni mucho menos, simplemente que hay un porcentaje, al igual que en los hombres, que no sirven para determinadas ocupaciones. Es más, hoy es una realidad que la mujer, a base de empeño, está consiguiendo resultados buenísimos en todos los campos, y en las diferentes ciencias obtienen las mejores calificaciones. Por ello, no es de extrañar que a partir de un tiempo, las mujeres copen la mayoría de puestos de trabajo de cierta capacidad por méritos propios y no por regalo de un gobierno mediante Ley. Lo primero lleva al éxito siempre, mientras lo segundo lleva a la puesta en evidencia continua.
Buen ejemplo de esto último es el nombramiento, sin ir más lejos, por
el Gobierno de las ministras que van a ocupar diferentes carteras. A Rodríguez Zapatero no se le ocurre otra cosa que crear una nueva cartera, la de Igualdad (que a mi parecer sirve de poco), otorgándosela a una chica de experiencia inexistente y juventud exagerada para el puesto que ocupa. Muchos pueden pensar que “da igual, total, para lo que tiene que hacer…”. Pero es que hasta para estar “cruzada de brazos” como quien dice hay que estar capacitado y al menos saber Lengua española y Literatura. Es sabido que a este gobierno le gusta, siempre que el castellano le deje, mencionar el masculino y femenino de todos los vocablos que gocen de ellos. Pero una cosa es eso, y otra inventarse los femeninos de las palabras que carecen de los mismos. Que se diga “los ciudadanos y las ciudadanas” pasa aunque rebote a muchos. Lo que no pasa son expresiones como “los médicos y las médicas”, “los soldados y las soldadas”, “los jueces y las juezas” y muchísimo menos “los miembros y las miembras” como manifestó la citada ministra hace poco.Días atrás, en el Semanal de ABC, Arturo Pérez Reverte manifestaba que la Real Academia de la Lengua Española de la que él es miembro, que no miembra, no cede a chantajes y manifiesta siempre lo que es y lo que no, en beneficio de la conservación de la Lengua. Pues bien, los femeninos de los vocablos anteriores son “la médico”, “la soldado”, “la juez”, etc. como prescribe nuestro diccionario de Lengua española y no como se le antoje a nuestro gobierno.
La igualdad se debe abanderar para que las condiciones de trabajo sean similares para hombres y mujeres, para que no haya despidos improcedentes por embarazo y en definitiva, para erradicar cualquier tipo de discriminación en cualquier ámbito, tanto laboral como sociológico. Lo que sobra en todo este asunto es la promoción de esta igualdad partiendo de cosas innecesarias como lo son el cambio de los muñecos de los semáforos a unos con falda, crearle femeninos a palabras del castellano que no lo tienen modificando así una lengua milenaria, etc. Pero todavía, con este Gobierno en lo que nada es como es (ni las negociaciones con ETA, ni el trasvase, ni la crisis, etc., son tales, sino otra cosa), pueden verse más cosas insólitas, todo es no desesperar y verlas venir.



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