jueves, 3 de julio de 2008

Una sociedad de prisas

Vivimos en una sociedad alterada, atacada… todo es necesario que se haga a gran velocidad porque las circunstancias así lo exigen en todos los ámbitos. En lo profesional, un mercado internacional cada vez con menos fronteras hace que se necesite hacer las cosas con gran habilidad, eficacia y rapidez para lograr los objetivos. Cada vez se requiere a personal más cualificado en todos los puestos de trabajo, y se exige además el plus de juventud. ¿Cómo es posible que se exija una cualificación cada vez mayor y no por ello se permite que los candidatos a la plaza de trabajo sean de cuarenta años? Toda cualificación requiere un tiempo de aprendizaje, de desarrollo de los conocimientos una vez concluida la diplomatura o licenciatura que se ha cursado. Se exige un nivel al alcance de muy pocos privilegiados (cada vez más) y todo porque no se le da su tiempo a cada ciclo. Un buen aprendizaje es básico para que una persona después desarrolle en su vida profesional los conocimientos adquiridos. Pero “se junta el hambre con las ganas de comer”. Entre que la enseñanza (de cualquier rama) cada vez es más deficiente y más corta en el tiempo y que las empresas día a día van exigiendo más en sus pruebas de selección, “lo comido por lo servido”. Y todo por una falta de tiempo que no deja aprender como se debe para llegar a satisfacer esas cuotas de exigencia.

Pero esto de las prisas de este mundo de hoy no sólo tiene repercusión en el mundo profesional. También en el mundo personal tiene su importancia. Hay que valorar, dependiendo en mucho de la ciudad donde se resida y su ritmo de vida, que la gran mayoría de personas “vive para trabajar y no trabaja para vivir” ocupando su profesión el 75% de la vida de la gente. Esto hace que se tenga menos tiempo para la familia, para los amigos, en definitiva para el descanso y el ocio. Todo esto repercute en las relaciones con terceros, se es menos tolerante con las personas que rodean a uno, se soporta menos, porque sólo se termina teniendo tiempo para lo que es importante para uno, que no suele coincidir a menudo con lo importante para el resto.

También se tiene prisas incluso hasta para conocer a las personas, llevándose la gente muy a menudo por las primeras impresiones que le causan, siendo la mayoría de ellas erróneas cuando se conoce a la persona más intensamente. Pero ya se llega a un punto donde las prisas no dejan ni siquiera enamorarse, con el tiempo que eso conlleva. Hoy, las personas se sienten atraídas físicamente por otras y no esperan a conocer a esas personas sino que directamente les hacen una proposición, algo indecente desde mi punto de vista, para disfrutar de esas personas (en el sentido literal de la palabra) y cuando se termine la distracción “si te he visto no me acuerdo”. Eso sí, pobre de la persona que intente primero conocer a la persona que le atrae, se deje enamorar y luego proponga algo más decente que lo anterior, porque esa persona está condenada al fracaso. Le dirán lo de siempre: que ya es como su mejor amigo y que no lo ve como otra cosa.

Siempre para enamorarse se ha necesitado tiempo, básicamente para conocer a la persona y no tener duda de dónde se mete uno. Pero ahora todo ha cambiado, a la gente le da verdadera pereza conocer y dar tiempo para dejarse conocer por las personas y lo que se busca casi siempre es la satisfacción momentánea y de fácil consecución, más que nada porque ayuda a evadirse de un mundo con tanto estrés y problemas cotidianos. Todo está relacionado con la falta de tiempo. La gente ya no se involucra en ningún tema de cualquier ámbito “a pico y pala” salvo que vea claro que le va a reportar grandes beneficios y que merece en gran medida la pena. Y toda esta forma de vida, trae como consecuencia última el gran número de separaciones y divorcios existente, siendo la secuencia siempre la misma: una pareja que se casa al poco de conocerse “enamoradísima” y a los dos años más o menos, terminan hartos el uno del otro. Si se hubieran dado tiempo para conocerse nada de esto pasaría.

Estamos en una sociedad en la que nada importa, en la que todo vale. Ya lo reflejaba en su tango Enrique Santos Discépolo: ¡Siglo veinte cambalache (cambiante)problemático y febril! El que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale no más! ¡dale que va! ¡Que allá en el horno (infierno) nos vamos a encontrar! No pienses más, séntate a un lao. Que a nadie importa si naciste honrao. Es lo mismo el que labura (trabaja) noche y día, como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura, o está fuera de la ley.

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