martes, 24 de febrero de 2009

Ya llega, ya vuelve.

Cuando las mañanas frías tornan a simplemente húmedas, cuando los primeros rayos de sol ya no son tímidos, cuando al alba, los vencejos revolotean en las espadañas de San Andrés, Santa Cruz, San Bartolomé o San Juan de la Palma, cuando un reguero de turistas acompaña la soledad temprana de la Inmaculada del Triunfo, cuando las flores depositadas inundan al Cristo de las Misericordias de la Alianza, cuando los templos abren las puertas de par en par desde que sale el sol hasta el ocaso, cuando en las tabernas, el buen tiempo deja comer en las terrazas con ese sabor único de esta época del año, cuando el azahar florece en los naranjos de las calles y plazas más recónditas, hace presagiar que ya llega, ya vuelve como lo venía haciendo cada año, y con este, uno más.

Una vez más volveremos a rondar por el antiguo compás de San Pablo o San Isidoro para ver su traslado cargando con todo el peso de la cruz o ya en ella clavado, volveremos a buscar su mirada en la penumbra de una Iglesia a punto de cerrar en la noche de la víspera, volveremos al Parque para verla de blanco inmaculada o al Convento para ver cómo le cantan rezando las monjas a ese diálogo perfecto, volveremos al compás, esta vez el de la Laguna, para ser testigos del sorteo de la túnica que le arrebatan o a las cercanías de la Plaza que durante el año alberga intensas conversaciones entre cervezas, para ahora en la más muda de ellas, asombrarnos al verlo crucificado.

Una vez más, a la estrechez de Francos a contemplar un Beso o a la tiniebla de Cuna para asistir a un Duelo vivo, volveremos a meternos como podamos en los soportales de Placentines para consolar una Tristeza enlutada con sabor a Costanilla vieja o un Dolor de lo más romántico, una vez más esperaremos sentados frente al Banco para observar una Expiración magistral a la altura. Volveremos, claro que volveremos a ver cómo se cruzan la mirada en el atardecer de la Alianza los dos Cristos de las Misericordias o cómo es abofeteado por la Gavidia, volveremos al Rectorado para recibir la clase magistral sobre una Muerte o a lo lúgubre de Mateos Gago para ver cómo sube Nuestra Madre dolorida, volveremos a los Jardines y a San José para ser iluminados de una luz candelaria.

Volveremos, cómo no, entre tapas de Las Columnas a esperar el refugio de su manto alejándose en busca de Fabiola o en la inmediatez de un Postigo ansioso de caridad torera, volveremos a verlo entre olivos prendido junto al Perdón de una Puerta o entre dragones crucificado en la Alcaicería. Volveremos a verlo con su cruz al hombro, zancada larga y andar de plata por la casa del De la Motilla o siendo descendido de su cruz bajo las cinco angustias de una Madre frente al Archivo de las Indias, volveremos a buscar sus ojos verdes bajo su antiguo palio a la media noche por Rioja o junto a una Fábrica que apagada se muestra ante la victoria de la sencillez y la elegancia.

Como cada año, volveremos a observar en silencio los primeros andares de los Nazarenos de Sevilla, a ver nuestro reflejo en una crestería bizantina con olor veneciano y sabor a inmaculada, volveremos a verla por la Magdalena rodeada de marineros y contramaestres o por Las Dueñas angustiada siguiendo a Su Hijo, volveremos a verlo crucificado con las primeras luces del alba por Zaragoza o andando con su cruz por el Museo con agonía y desgarro, volveremos, llenos de Esperanza, a rezarle por San Juan de la Palma y Feria o a verlo acompasado por San Pedro al son de una trompeta que suena a Saeta. Volveremos, como siempre, a ocultarnos bajo un ruán negro, a ceñirnos con esparto y pasar la tarde y la noche junto a Ellos, volveremos a ver, desde la vista privilegiada de un balcón entre Rioja y Velázquez, sus Tres Necesidades o quizás su llanto amargo junto a una cruz despojada de Su cuerpo que, a lo lejos por San Pablo está expirando, volveremos a verla al otro lado, en un recodo de la calle, junto al río que la empuja hasta llegar a la Calle de Castilla, de donde sale cada año, y volveremos a oír esa conversión del ladrón arrepentido en García de Vinuesa y a amortajar a su confesor entre ciriales por la Alfalfa. Volveremos a Luchana para ver que tras su tercera caída levanta vuelos de eternidad con Simón el de Cirene, y volveremos a ver Plus Ultras dorados colgados de la mano como si fuesen rosarios y así, volveremos a casa por el camino más corto, siempre cubiertos y en absoluto silencio.

Y volveremos, a buscar los últimos resquicios de una semana en Doña María Coronel con un tambor tocando a duelo y un palio servita de cajón. Volveremos a Su Plaza, la de San Lorenzo, a despedirnos de una madre “hasta el año que viene, si Dios quiere” dejándola en la sola compañía de una cruz y las espinas de sus manos.
Volveremos a sentir inexplicables cosas, volveremos a buscar esas miradas nostálgicas como cada año, volveremos a los lugares impregnados del sabor de una memoria que no desengañada por el paso del tiempo, cree que todo será como siempre. Volveremos a intentar reencontrarnos con los que estuvieron y se fueron, en esos momentos que imposibles de separar el recuerdo de un ayer de la viveza de hoy, no nos resignamos a dejarlos en manos de un olvido injusto. Volveremos a intentar regresar a los sitios con la misma gente para hacer tradición de la propia tradición sevillana, volveremos a sentir muy cerca a aquellos que deseosos, aunque lejos de esta tierra, formarán parte de las ausencias.

Ya llega, ya vuelve, y por mucho que queramos, nunca como siempre, el color, el sabor, el olor… todo distinto para una tradición de siglos en el tiempo de la ciudad, de la gente, del alma… llega como siempre para que la vivamos como nunca. Pues a ello nos disponemos. ¡Vivamos la Semana Santa de Sevilla!

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