domingo, 17 de mayo de 2009

Si yo fuera el Rey

No es nuevo que la gente exprese su opinión en este país, ya sea de agradecer o devastadora, según el caso. Y si a esto le añadimos un poquito de mala educación y mucha mala leche de más de uno, ocurren ciertas cosas sólo dignas de lo mejorcito de cada casa, que según el lugar de España del que provengan, pueden ser desde unos pobres desgraciados hasta unos hijos de la gran puta.

Con la regulación, en nuestra Constitución, de la libertad de expresión todo el mundo tiene derecho a pensar lo que le venga en ganas y expresarlo del mismo modo, pero una cosa se les olvidó a los siete creadores de la Constitución del 78: una regulación estricta de normas cívicas y educación en el ejercicio de esa libertad de expresión, que últimamente viene siendo como una licencia para matar. Seguro, no lo plasmaron porque no pensaron que en ningún lugar de la geografía española pudieran existir cabrones de altura.

La Corona, como primera Institución de este país, siempre ha estado en boca de todos, para bien o para mal, y se consideraba que las críticas, de suyo, les iban en el sueldo a sus miembros, que no miembras. Pero una cosa es eso y otra bastante diferente lo del otro día. No valoramos lo suficiente la diversidad intercultural, lingüística y geográfica de un país que hace aguas por unos pocos que, con eso de la diversidad, se limpian el culo y dinamitan un país al que se le podía sacar el doble o más de provecho.

Estos indeseables tienen derecho a pensar y criticar lo que les plazca sobre la monarquía, sobre el Rey, y si no les va la vida en ello, ignorar a la Institución o comérsela con patatas porque es lo que hay. Pero ¿por qué son tan incongruentes? Dos equipos de futbol que no se sienten españoles, odian al Rey y su meta deportiva no es otra que jugar competiciones en unas escalas no correspondidas, se dignan a jugar un campeonato: La Copa de Su Majestad el Rey. Si, si, la copa de ese al que no pueden ver y que en la intimidad de sus dormitorios tienen su cara como diana de unos dardos con los colores independentistas. Y no es sólo eso, ya que la juegan, lo podían hacer discretos, sin mucho ruido y sobre todo, comportándose educadamente, o, si eso es mucho pedir, deportivamente. Lo cierto es que, no sólo la juegan, sino que los indeseables de sus aficionados se dejaron oír, y de qué manera.


En este país la educación no existe, y cualquiera le dice a esta gentuza que no abuchee, porque le estás coartando su libertad de expresión a la que tienen derecho. Las pitadas al himno nacional y a Su Majestad son gratuitas. ¿Imaginan que pensaría el Rey en aquellos momentos a pesar de estar jugando su copa? No hubiera estado mal que cuando saludaba desde el palco a su llegada, hubiera hecho los mismos cortes de manga que en aquella famosa visita al País Vasco ante un puñado de independentistas radicales que lo abucheaban, eso sí, muy modositos ellos ante una centena de guardaespaldas cuatro por cuatro y unos cuantos más policías autonómicos. Por cierto, ¿por qué necesitan ser muchos y mezclarse entre la masa? ¿Es que cambian repentinamente de opinión a cada momento o es falta de pelotas? Me decanto por lo segundo.

Si yo fuera el Rey lo iba a sentir muchísimo, pero gentuza que no se siente española y que no me tiene un cierto respeto, aunque lo que yo represente no les guste, no jugaban mi copa, que para eso es mía, aunque no creo que estuviera muy amparado legalmente este deseo. O pensándolo mejor, la iban a jugar para que se les quitara de la cabeza cualquier idea de independencia posible. La iban a jugar, me iban a soportar, calladitos como poco, y se iban a levantar y escuchar, aunque sin devoción, el himno. Se me olvidaba: las pancartas y banderas quedarían terminantemente prohibidas salvo con una excepción: la española con su escudo, nada de toritos y signos ridiculizantes internacionalmente.