Quizás algunos esperaban que escribiera sobre la Feria de Abril de Sevilla, que aún lejana en la distancia, se mantiene fresca en el recuerdo, quizás otros llevan tiempo añorando un artículo crítico, quejoso, mal intencionado a la par que elegante, satírico y con una guasa afilada sobre los innumerables destrozos, de todo tipo y condición, que el Alcalde de esta ciudad realiza cada día, o por no ser menos, en lo que a calidad de destrozos se refiere, uno contra las últimas andanzas y correrías de un gobierno indigno. Pero no es así. Sería extremadamente fácil encontrar argumentos de peso que avalen mis no pocas llamadas a la cordura en un país cada vez más falto de valores por la concienzuda intención devastadora de cierta corriente política. Esta vez no apelaré a una conciencia general de la que la gente está harta cansada de oír hablar, sino que empeñaré mi esfuerzo, ayudado de una cita de Arturo Pérez Reverte en “El sol de Breda”, en hacer recapacitar, individualmente, vuestras conciencias, ya que sólo así creo que se puede conseguir algo positivo en lo tocante al comportamiento y fondo de las personas.
Pues bien, quedé impresionado por la belleza, profundidad y cordura de las palabras que a continuación reseño, hechas tras un día de incesante batalla en la imaginaria mente de este escritor. ¿Qué ocurriría si aquello que se dice lo aplicáramos a la vida cotidiana?
“Quien mata de lejos lo ignora todo sobre el acto de matar. Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en sus ojos. Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que pierde.”.
Hoy en día, y no sólo en aquellas batallas de la época de los Tercios de Flandes, se puede hacer daño a las personas. A cualquiera que se precie, se le viene al instante algún que otro nombre de alguien que lo ha destrozado, le ha hecho sufrir o lo ha abandonado a su suerte sin importarle demasiado que fuera de él. No suele importar causar todo el daño que se quiera si para el que lo causa, las personas a las que se lo aflige no importan más que su interés y el engorde de su ego. Qué bellaco aquel que sitúa su interés muy por encima de las personas. Estos, evidentemente, suelen carecer de ese mínimo de sentimientos y buen fondo que te impiden hacer mal a nadie cuando, de ese mal, se es plenamente consciente. Tampoco suelen preocuparse por el estado en el que ha quedado esa persona a la cual se han encargado de destrozarla con hechos o palabras, ni, por supuesto, tendrán cargo de conciencia alguno por su acción y está claro que, a quien no le ocurre todo lo anterior, nunca se ha detenido a pensar la valía de la persona que ha perdido, que seguramente, será de mayor empaque que su interés, de dudosa legitimidad moral.
Pero, ¿qué pasa con aquellos que causan dolor a otros desconociéndolo? No hay que engañarse, son muy pocos y, sin embargo, muchos los listos que conociendo el alcance de sus actuaciones y hechos, utilizan una falsa ignorancia como excusa para, simplemente, evitar la “humillación” de pedir disculpas, que nunca debe verse como eso, sino como un acto que engrandece a la persona que la pide y que dice mucho, o quizás demasiado, de su calidad como persona, siempre que se acompañe de sincero arrepentimiento. Aún así, y suponiendo que fuese cierta tal ignorancia, la misma es hasta burda, denotando la poquísima inteligencia de quien así actúa por impulsos, o lo que es peor, lo poco o nada que le supone el prójimo. Sólo basta con pensar antes de hablar, antes de actuar. ¿Cómo sabemos si podemos hacerle o no daño a alguien con nuestro proceder? Sería demasiado fácil decir que evitando comportamientos, palabras y hechos que a uno mismo le duelen. Hay que ir aún más allá, tener presente que cosas que a nosotros no nos incomodan o incluso nos agradan, a otras personas, pues no somos todos iguales, puede afectarles, sentirse ofendidas. Es por esto, que el actuar sin causar mal a nadie requiere de un extenso conocimiento de las personas que te rodean, para conocer a priori qué les duele.
Aún así, es muy posible que no prestemos la atención necesarias a cuestiones vitales y tan simples que no reparamos en ellas por pecar estas de evidencia. No importa tanto un hecho aislado desagradable como ser víctima de un olvido constante, permanente, la ausencia de una llamada o un mensaje en momentos difíciles… ¿cuánto cuesta tener simples detalles con las personas? Buscar y encontrar un tiempo en tu agenda para ver a alguien del que hace tiempo que no sabes, preguntar y preocuparse por un hecho de suma importancia para esa persona, que aunque a ti nada te importe, demuestra tu interés y cariño por ella… ¿cuánto cuesta una simple sonrisa, una mirada cómplice, un abrazo sentido, un beso cariñoso e incluso hasta un te quiero aunque de sólo amigos se trate? Pero no sólo de olvido se mata. La intensidad agobia y desgasta, la monotonía mata más de lo que se piensa, por ello es aconsejable cuando la ilusión no es la misma de siempre, cuando las conversaciones con las personas carecen de importancia o incluso son inútiles, cuando supone un esfuerzo ver a alguna persona por no apetecer su presencia, cuando no sientes la ilusión habitual en las personas al verte… “desaparecer” e intentar reinventarse para que todo vuelva a la normalidad, para escapar de esa monotonía que acaba con la ilusión.
Además, no todo mal que se cause necesita de una acción. A veces, la omisión hace más daño que la acción, quizás porque esta última suele ser momentánea y fácilmente desterrada al olvido. La omisión en cambio, suele ser permanente, y aunque se mantenga de igual intensidad, el estado de ánimo del que la sufre va en aumento. En definitiva, ¿cuánto cuesta ser buen amigo, novio, padre, madre, hermano… mantener una relación, al fin y al cabo de cualquier índole, que merezca la pena a las personas que la mantienen? Cuesta lo que colocar a las personas en tu vida por encima de tu propia persona. Un precio caro o barato según la capacidad de sacrificio y de disposición que se tenga. ¿Cuánto cuesta una persona? Depende de lo que te importe y las quieras y de lo recíproco que esto sea en la otra.
La relación, cualquiera que sea, perfecta es difícil de mantener. Requiere esfuerzo, dedicación, entrega, sacrificio, abnegación, paciencia, cariño, comprensión e infinidad de virtudes más, que mientras más se quiera a la persona, más fáciles serán de alcanzar. Muchos no consiguen esa relación casi idílica o utópica, que muchas veces no depende de uno mismo, sino de la otra parte, pero en el ánimo queda la tranquilidad de no haber cejado en su empeño.
Pues bien, quedé impresionado por la belleza, profundidad y cordura de las palabras que a continuación reseño, hechas tras un día de incesante batalla en la imaginaria mente de este escritor. ¿Qué ocurriría si aquello que se dice lo aplicáramos a la vida cotidiana?
“Quien mata de lejos lo ignora todo sobre el acto de matar. Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en sus ojos. Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que pierde.”.
Hoy en día, y no sólo en aquellas batallas de la época de los Tercios de Flandes, se puede hacer daño a las personas. A cualquiera que se precie, se le viene al instante algún que otro nombre de alguien que lo ha destrozado, le ha hecho sufrir o lo ha abandonado a su suerte sin importarle demasiado que fuera de él. No suele importar causar todo el daño que se quiera si para el que lo causa, las personas a las que se lo aflige no importan más que su interés y el engorde de su ego. Qué bellaco aquel que sitúa su interés muy por encima de las personas. Estos, evidentemente, suelen carecer de ese mínimo de sentimientos y buen fondo que te impiden hacer mal a nadie cuando, de ese mal, se es plenamente consciente. Tampoco suelen preocuparse por el estado en el que ha quedado esa persona a la cual se han encargado de destrozarla con hechos o palabras, ni, por supuesto, tendrán cargo de conciencia alguno por su acción y está claro que, a quien no le ocurre todo lo anterior, nunca se ha detenido a pensar la valía de la persona que ha perdido, que seguramente, será de mayor empaque que su interés, de dudosa legitimidad moral.
Pero, ¿qué pasa con aquellos que causan dolor a otros desconociéndolo? No hay que engañarse, son muy pocos y, sin embargo, muchos los listos que conociendo el alcance de sus actuaciones y hechos, utilizan una falsa ignorancia como excusa para, simplemente, evitar la “humillación” de pedir disculpas, que nunca debe verse como eso, sino como un acto que engrandece a la persona que la pide y que dice mucho, o quizás demasiado, de su calidad como persona, siempre que se acompañe de sincero arrepentimiento. Aún así, y suponiendo que fuese cierta tal ignorancia, la misma es hasta burda, denotando la poquísima inteligencia de quien así actúa por impulsos, o lo que es peor, lo poco o nada que le supone el prójimo. Sólo basta con pensar antes de hablar, antes de actuar. ¿Cómo sabemos si podemos hacerle o no daño a alguien con nuestro proceder? Sería demasiado fácil decir que evitando comportamientos, palabras y hechos que a uno mismo le duelen. Hay que ir aún más allá, tener presente que cosas que a nosotros no nos incomodan o incluso nos agradan, a otras personas, pues no somos todos iguales, puede afectarles, sentirse ofendidas. Es por esto, que el actuar sin causar mal a nadie requiere de un extenso conocimiento de las personas que te rodean, para conocer a priori qué les duele.
Aún así, es muy posible que no prestemos la atención necesarias a cuestiones vitales y tan simples que no reparamos en ellas por pecar estas de evidencia. No importa tanto un hecho aislado desagradable como ser víctima de un olvido constante, permanente, la ausencia de una llamada o un mensaje en momentos difíciles… ¿cuánto cuesta tener simples detalles con las personas? Buscar y encontrar un tiempo en tu agenda para ver a alguien del que hace tiempo que no sabes, preguntar y preocuparse por un hecho de suma importancia para esa persona, que aunque a ti nada te importe, demuestra tu interés y cariño por ella… ¿cuánto cuesta una simple sonrisa, una mirada cómplice, un abrazo sentido, un beso cariñoso e incluso hasta un te quiero aunque de sólo amigos se trate? Pero no sólo de olvido se mata. La intensidad agobia y desgasta, la monotonía mata más de lo que se piensa, por ello es aconsejable cuando la ilusión no es la misma de siempre, cuando las conversaciones con las personas carecen de importancia o incluso son inútiles, cuando supone un esfuerzo ver a alguna persona por no apetecer su presencia, cuando no sientes la ilusión habitual en las personas al verte… “desaparecer” e intentar reinventarse para que todo vuelva a la normalidad, para escapar de esa monotonía que acaba con la ilusión.
Además, no todo mal que se cause necesita de una acción. A veces, la omisión hace más daño que la acción, quizás porque esta última suele ser momentánea y fácilmente desterrada al olvido. La omisión en cambio, suele ser permanente, y aunque se mantenga de igual intensidad, el estado de ánimo del que la sufre va en aumento. En definitiva, ¿cuánto cuesta ser buen amigo, novio, padre, madre, hermano… mantener una relación, al fin y al cabo de cualquier índole, que merezca la pena a las personas que la mantienen? Cuesta lo que colocar a las personas en tu vida por encima de tu propia persona. Un precio caro o barato según la capacidad de sacrificio y de disposición que se tenga. ¿Cuánto cuesta una persona? Depende de lo que te importe y las quieras y de lo recíproco que esto sea en la otra.
La relación, cualquiera que sea, perfecta es difícil de mantener. Requiere esfuerzo, dedicación, entrega, sacrificio, abnegación, paciencia, cariño, comprensión e infinidad de virtudes más, que mientras más se quiera a la persona, más fáciles serán de alcanzar. Muchos no consiguen esa relación casi idílica o utópica, que muchas veces no depende de uno mismo, sino de la otra parte, pero en el ánimo queda la tranquilidad de no haber cejado en su empeño.


