Está visto y comprobado que los sevillanos, y en general, la gente del Sur, están hechos de otra pasta, y no precisamente de la de los toreros, que hay mucho cagueta por ahí suelto. Es otra forma de entender la vida que asombra a todo el que se fija en ellos. Para demostraros que esto es verdad y que no me estoy quedando con vosotros, voy a poneros algunos ejemplos.
Siempre dicen por ahí—sobre todo los de Madrid—que aquí se trabaja muy poco, a lo que respondo lo mismo cada vez que tengo ocasión: No es que se trabaje poco, es que aquí las distancias son más cortas y hay más tiempo para descansar… pero parándome a pensar… lo de Sevilla es un cachondeo constante. Venimos de estar un mes en la playa, bueno, vamos a dejarlo en quince días por aquello de la crisis, mejor en un fin de semana largo… que estoy pensando en lo soplao que están algunos, bueno, mañana compramos la piscina en Leroy Merlín y la colocamos en la azotea. La cosa es, que terminamos el verano, y que si la Feria de San Miguel, el puente de todos los Santos, la Inmaculada, la Navidad, el puente de Andalucía, la Semana Santa, la Feria de Abril, San Fernando, que con un poco de suerte también es puente… y ya estamos otra vez metidos en la piscina cutre de Leroy Merlín tomando el sol en la azotea… vamos, que trabajamos menos que los de la Banda de la Maestranza esta Feria pasada… ¡ojú! niño que toros más malos… La verdad es, que si aquí trabaja alguien, lo disimula muy bien.
Ahora se ha puesto de moda eso de irse de Erasmus… eso ya es el colmo de la flojera. El que se va, para convencer a los padres, les dice: Mira mamá, papá, que si el idioma, que si así vuelvo más espabilado… la madre, a todo esto, mira al padre con cara de horror: ¿Más espabilado todavía por Dios? No se puede tener ya más poca vergüenza… el niño, el único idioma que va a traer aprendido va a ser el internacional que todo el mundo conoce… ese que se practica con la lengua, bueno, y también con otras cosas… pero vamos a no ser mal pensados… porque si da con una compañera de piso medio monja, ahí no hay nada que hacer—y no porque la niña no tenga una fácil apertura de piernas, todo lo contrario, seguramente esté desesperada, sino porque… ¿conocéis la definición de monja, no? Que se casan con Dios porque no hay dios que se case con ellas—, vamos que como le toque una de esas, no feas, sino horrorosas… va a traer el niño el idioma de la tierra aprendido de maravilla, las asignaturas que se lleve aprobadas con matricula… pero… ¡ay! de aquél que le pille una golfa… va a estar de cama en cama y tiro por que me toca. Para estas cosas nunca nos vence la pereza. ¡Ay que ver cómo somos, siempre pensando en lo mismo!
También están los que se van a estudiar la carrera a Madrid o a otros lugares. Esos sí que son flojos. Vas a visitar su piso y la parte más limpia es siempre la cocina. Si extrañado le preguntas ¿Oye tu qué comes? Te responde: Los lunes filete de pechuga de pollo a la plancha con ensalada… ¿qué le pones a la ensalada? La mía es básica: lechuga. Los martes pechuga de pollo a la plancha con zanahoria, los miércoles, pechuga de pollo a la plancha con mahonesa… y así sucesivamente con platos de poca complicación, para no quebrarse mucho la cabeza. Y ¡eh! mucho cuidado, que eso es cuando el tío ya está puesto en el arte culinario… que cuando llegó a Madrid, el primer día le dijo al camarero del Vip’s: Por favor, unos nachos y una coca cola. Ahora ya la cosa varía: Wilson de Andrés, pórtate bien y ponme lo de siempre anda… Pero no os creáis que sólo son flojos para cocinar… ya hasta para divertirse: Oye tío, mañana podemos organizar unas copas en tu casa, que he conocido unas niñas que están como un tren de mercancías… a lo que el dueño de la casa responde siempre con un “No” rotundo, siendo variado el abanico de excusas: que si los vecinos, que el portero protesta porque siempre terminan rompiendo las lámparas y floreros de las zonas comunes… pero la realidad sólo es una: Déjate de cachondeo que si las doy, me tengo que pegar todo el día de mañana limpiando el piso. Y esto, en los casos más higiénicos… que hay otros que pueden llegar a convivir con la mierda unos cuántos días.
¿Sabéis? Una de las cosas buenas que tiene el sevillano es su optimismo por naturaleza. Yo creo que debe ser el clima, que hace subir la autoestima de la gente, porque hay algunos que con esa cara que tienen no “pillan” por la noche ni aunque vayan a Lourdes de rodillas. Vamos, que no se les arregla la cara ni en Corporación Dermoestética. Una de estas noches, que venía yo de una fiesta, perfectamente vestido—elegantísimo con mi smoking, camisa de piqué blanco inmaculado y botonadura heredada de antepasados—a eso de las cuatro de la mañana, entramos unos cuantos en una famosa discoteca del comienzo de la calle Betis. Era de esas veces que tú entras sabiendo que todo el mundo te mira, se te acercan porque te creen poderoso, etc., pero a uno de los que venían conmigo, que yo conocía de bien poco, no lo miraba ni la Caridad. Siempre dicen en los documentales de la 2 de Televisión española—aparte de ponerte, después de comer, el apareamiento del escarabajo pelotero, que no veas cómo se duerme, levantándote a las ocho de la tarde con una karaja que no te sostienes—que el hombre proviene del mono… y la gente se queda dudando demasiado… pero un día os voy a presentar a este hombre que os digo… desaparece cualquier tipo de duda sobre nuestra ascendencia. Provenimos del mono seguro… aunque unos más que otros.
El caso es, que esa noche, este hombre tuvo todas las tías que quiso y más a su alcance. Las espantó a todas. También tuvo toda clase de reservados, botellas gratis, copas, etc.… y ni por esas se le acercaba ni la interesada de turno. El tiempo pasó casi sin darnos cuenta y al abandonar la discoteca, que éramos los últimos, lo vimos hablando con una limpiadora que hacía lo propio con la fregona: Oye guapa… si quieres te ayudo… Para que os hagáis una idea: Unos cincuenta y pico de años, más de campo que un olivo, con un diente de metal, más los que tenía mellados y unos noventa kilos de peso. ¡Lo que hace el alcohol, qué barbaridad!
Es cierto, que los sevillanos, salvo cuando van buscando lo que van buscando, son muy enamoradizos, les pegas un revolcón sin consecuencias y a la mañana siguiente están haciendo cola en el despacho parroquial para hablar con el cura de los preparativos de la boda. Después de conocer tantos líos de faldas, puedo contar algunas situaciones graciosas que he conocido. Uno que yo conozco, no iba nunca con su madre a ningún lado, hasta que un día no tuvo más remedio que acompañarla al supermercado. La madre no salía de su asombro, desde aquél día su hijo la acompañaba todas las semanas, y cuando se trataba de un encarguito tonto, lo hacía él también. Pues pasó lo del príncipe con la reina—cuando se iba a ver el telediario de las tres de la tarde ante la extrañeza de la reina—. El niño se había ido a enamorar de la cajera del Carrefour. Tal era la obsesión que como su caja estuviera cerrada, se pasaba toda la tarde dando vueltas por las calles del Hipermercado hasta que estuviera su cajera en su puesto, que si la charcutería, la pescadería, los frutos secos, la bebida, el papel higiénico, el Tena Lady, el Hemoal, el Algasiv… si, si, ríanse… pero no hay cosa más vergonzosa que ir por la calle con un paquete de los de a doce de papel higiénico. Sólo puede significar una cosa: que te pasas el día con la correa al cuello cagándote por puertas y ventanas y has ido a abastecerte cuando los chícharos de la madre de tu novia—que te los puso para que dejaras a su hija—te han dado una tregua. Vamos, que desde que te lo puso “pasas las noches enteras moliendo café”… ya hasta has decidido llevarte la almohada, que si la colocas sobre la cisterna… para unas cuantas cabezaditas da la postura. Como será que, desde el cuarto de baño, que da al patio interior de la casa, oyes, cuando te metes en faena, los cerrojazos de las ventanas y alguna que otra vez un “Niño hijoooo ya te vale”. Bueno, el caso es, que el niño del Carrefour se terminó conociendo tan bien el establecimiento, que ahora lo han contratado para repartir información con un par de patines, y que si el día ha ido bien, sólo se ha llevado por delante a media docena de viejas.
Pero hablando de obsesiones amorosas y dejando las guarradas a un lado, donde se encuentran las peores es en el Tuenti. Nada más perjudicial que el Tuenti para un enamorado que lo han mandado a paseo. Conectado de diez en diez minutos, examina todos los comentarios de la novia buscando el rastro de las respuestas, no sólo ve las fotos que antes también se descargaba—sólo Dios sabe para qué—y que ahora ya no puede porque la novia lo ha restringido, sino que también examina todos los comentarios en fotos, analiza el perfil de los nuevos personajillos desconocidos, examina los gestos, las actitudes de ella en las fotos, las visitas del perfil… 987678867. ¡Coño! ¿Quién es el mamón que le manda privaditos y que no lo tengo fichado? Porque joe, que mi novia es guapa… pero tampoco es Adriana Lima para tener tantas visitas en tan poco tiempo. Pero todo esto es en Internet y resta lo que de sin igual tienen los sevillanos en vivo y en directo.
Porque si hablamos de los sevillanos en primavera, ahí es donde se cumplen todos los tópicos: Esto es lo más grande del mundo, aquí hasta que el cuerpo aguante, que no nos falte de na’… etc. Y la verdad es que en Semana Santa y en Feria se ven cosas que no se ven en ningún lado. Dónde me dejas tú a esos padres, llevando a altas horas de la madrugada, a esos niños, los pobrecitos, muertos de sueño en sus carritos a ver cofradías. Eso sí… muy tapaditos para que no se enfríen… pero la paliza que les pegan en las bullas y la de tobillos que destrozan con los carritos es para verlo y padecerlo. Pero aquí está el sevillano para inventar… ¿Qué hay crisis? Si hombre… eso no va conmigo. Eso es lo que pensaba aquel, que tras acercarse una señora para ver al niño que llevaba en el carrito y decirle eso de “ayyyy qué mono”, al destaparlo un poco, encontró la pezuña del cochino en vez de una cara angelical, y que si seguía tirando de la manta… aparecían los taper con la tortilla, la ensaladilla, el morcón, los bocadillos… la crisis, la crisis… que está todo muy caro en Semana Santa como para cenar con mesa y mantel. No se dejen engañar, que de noche nada es lo que parece.
La crisis fue lo que hizo que un señor de unos cuarenta años, síndrome de down, tuviera que tomarse para cenar, un bocadillo que traía de su casa con un cerveza en un bar, antes de ver la Entrada de su Cofradía favorita, según nos contó. Esa entrada, y hablando siempre en cuestiones de esfuerzo, porque estéticamente es una maravilla, es más mala que pegarle a un padre con un calcetín sudado, a media noche, con la farmacia cerrada y el médico acostado sin quererse levantar. Una rampa de infarto y una puerta de pequeñas dimensiones se encargan de poner la cosa a los costaleros más dura que la picha de un novio. Allí la gente, no veas tú, cómo se aglomera, una cosa mala. Y lo peor es que siempre están los rezagaos que quieren pasar de un lado a otro de la rampa cuando ya está todo el mundo colocado y no hay sitio. Esto fue lo que hizo que aquél señor, espontáneamente, se pusiera a regular el tráfico de personas antes que llegara la Cofradía: A ver, abrid ahí un hueco para pasar, vosotros, de cinco en cinco, hasta que no pasen todos, que no suba nadie más la rampa… eso, eso, así, así. Organizó todo en un momento, incluso se encaró con unos niñatos que no paraban de hacer el imbécil: Tú, tú, ehhh, si, tú… cállate ya ehhhh, que como venga la policía… tú a la puta calle, decía aquel señor con síndrome de down con gracia a destajo—imagínenselo—, aunque para gracia, la que a él le hacía toda aquella situación. Por aquello, aquél señor se llevó una ovación de toda la plaza. Pero lo mejor estaba por llegar. Una señora, de noventa y pico de años, de casi un metro de estatura contando con la joroba… a la señora le salía el cuello del pecho… no veáis como era el tema, con un brazo descolgado, perfectamente vestida, todas las joyas puestas, vamos, la Macarena bajo palio, comenzó a subir esa rampa y a pedir paso para salir por el otro lado. Y así es el sevillano, en vez de ayudarla a bajar y que siguiera su camino, la cogieron por las piernas en volandas y la llevaron, hasta con las medias caídas, a su casa, que estaba cerca. Aquello no tenía desperdicio.
Eso como cuando estaba en la Cuesta del Rosario viendo uno de esos pasos de misterio que no les falta de nada, de esos que parece un tranvía de la cantidad de gente que lleva arriba, con árbol… era completito, completito. Estaban a mi lado un niño con su tío, cuando, justo al llegar el paso, suena el móvil del tío. Era el padre de la criatura, que llamaba para ver dónde se encontraban. Después de comentarle “er tito” que “er niño” y él se encontraban bien… le dijo: espérate que te lo paso para que te comente la jugada. ¿Desde cuándo el Sevilla-Betis se jugaba en la Alfalfa?... y yo sin enterarme.
Estas cosas pasan, ocurren cuando uno menos se lo espera. Igual que en Feria. Ruégale a Dios que no haga demasiado calor, porque algunas casetas, que se ponen hasta la bandera, son verdaderas saunas, hay hasta que pedir la vez para respirar, como en la pescadería. ¿Bailas conmigo? “Er 32”, yooooo, espera un segundo monada, que respire un poco, que si no se me pasa el turno, y ya bailo lo que tu quieras. No se sabe que es peor, si que llueva o que haga calor. De las dos formas se ven cosas estrambóticas. El año pasado, que llovió más que en el arca de Noé, se veían modelitos que no tenían desperdicio. Una con el traje de flamenca y las botas de agua, otras con traje de flamenca de cuando eran pequeñitas, que ahora les llegan por las rodillas y así no se manchan del barro en el que se ha convertido el albero… vamos que parecían la Wendy que estaba encima de la televisión en casa de la Omaíta de Los Morancos, pero ya el colmo, encima del traje un impermeable de los que te venden los chinos, dejando la abertura que trae para la cabeza, para meter la flor y la cabeza la sacaban por el primer botón del impermeable… la Feria y sus cosas. Imaginación a raudales.
Hablando de chinos. Nosotros los sevillanos somos especiales hasta para relacionarnos interculturalmente. En Madrid se acerca el chino de los claveles ofreciéndote algo y la gente contesta: No, no, muchas gracias. Aquí en Sevilla, nada más ponerse a tiro el chino le decimos: ¡Chinooooooo! Ven para acá… ¿A cuánto me vas a vender el manojo de flores? Cinco euros. Chino, vamos a ver… ¿tu me has visto cara de gilipoyas? Te doy tres por todo el manojo. Después de un regateo inmundo, el chino te intenta tangar con los anillos, que de los siete que tiene sólo se encienden tres. La espada láser se le ha quedado sin pilas, la corona de lucecitas dice que 7 euros… Pero vamos a ver chino de mierda, ¿tú no te has enterado que estamos en crisis? ¡Shamglicumto chintapu funchipei!... tu puta madre por si las moscas… dos palmaditas en la espalda y el chino de los claveles a tomar por culo.
Si es que siempre tenemos que marcar la diferencia… por cierto, hablando de diferencias. El otro día, en un programa de televisión analizaban la Feria de Abril hablando de los pequeños matices de una Feria y otra. Me explico, hay ciertos elementos que diferencian a la gente normal, como tú y como yo, del circo y fiera que viene con los bocadillos de chorizo metidos en el bolso. Uno de esos elementos es la barandilla de la caseta. Quien está a un lado y mirando el percal desde arriba, con autoridad, todo lo puede. El que está abajo, al otro lado, es un tieso… no tiene donde caerse muerto. Otro elemento diferenciador es el marisco. En las casetas de los distritos hay unos revueltos extraordinarios, potajes, tortillas… sí, sí, pero no hay marisco. A quien en la Feria se le mantenga un bigote de una gamba alrededor de la boca, podrá ser un guarro, pero nunca un tieso, no se habrá limpiado la boca, ni mucho menos lavarse los dientes, pero ese seguro que se limpia el culo con un Bin Laden.
¡Ahhh! Un consejo: vigilar mucho lo que coméis en Feria, porque un descuido puede llevar a la peor de las situaciones posibles. Nos entra el apretón y tras comenzar el sudor frío por la espalda, intentamos conseguir atravesar la cantidad de gente que hay en la caseta, llegamos a la cola en la que te dicen que uno de los baños está estropeado y el otro abarrotado. Tras diez minutos de intensa espera, en los que comienza a pasarse por la cabeza lo que tendremos que hacer si no somos capaces de aguantar… no por Dios, mejor no pensarlo, hay que aguantar como sea, por fin tu turno. Cierras la puerta, el pestillo, joder… no encaja con el agujero. Bueno eso es lo de menos, agarro la puerta por dentro con la mano. ¿Y qué ocurre? Sorpresa. Estás cagándote patas abajo, la gente con el puntillo no apunta y se mea fuera. Y para colmo, el papel higiénico no es que se haya agotado, es que no existe, en esa caseta no debían saber lo que era eso. ¿Cómo te sientas ahora sin mancharte el culo, esa chaqueta nueva que estás estrenando? Para ponerte más nervioso observas que tampoco hay jabón… osea, que no te va a dar igual mancharte las cachas porque luego no te puedes dar con agüita fresca y jabón… empiezan a aporrear la puerta, los de la cola se impacientan y hacen gracias a nuestra costa… mejor morirse de hambre que verse envuelto en una situación así por comer lo inoportuno. La Feria, sí señor, la mejor del mundo. Por cierto, párense a pensar en un matiz: ¿Se han dado cuenta que la Feria de Sevilla es el único sitio donde los animales van por los adoquines y las personas por el albero? Eso da mucho que pensar.
Ya después de la Feria y con la llegada de ese calorcito tan bueno de esta Sevilla, ese de 40 º a la sombra, de freír huevos en los morros de los coches, hace que la gente se vaya aligerando de ropa… y… según el caso, será grato o ingrato. No es plato de buen gusto ver a las gordas por ahí con el flotador al aire y la colección de michelines danzando a sus anchas por la malla del top. Con esto no critico a las gordas, sino a las que sabiendo que lo están, se destapan igual que las de la talla 36. Señora, un poquito de estética y vergüenza, por favor. Pero lo que verdaderamente debería estar prohibido por Ordenanza municipal es bajar a la playa los domingos. En esa arena caliente se concentran familias enteras que desde primera hora del mediodía montan el quiosco, cada día más sofisticado, los hierros de la estructura, la lona, las mesas, las sillas, el ventilador de pilas, las palas, los cubos de los niños, las cremas de protección solar y autobronceadoras según para quién sea y a quién nos queramos cargar, las cartas para la sobremesa, el periódico, el balón, las colchonetas, los flotadores, los manguitos, la gorrita para el sol, las neveras, los taperware, los refrescos, el vino, las tortillas de patatas, las ollas a presión para los potajes—da calor sólo con pensarlo—, las ensaladillas, los frutos secos, las sandías, toda clase de marisco recién comprado en la plaza, que no falte la Cruzcampo y todo a punto para un día de playa, después, eso sí, de ochocientos viajes, con 40º, a la flagoneta para descargarlo todo. Los niños juegan a sus anchas, la mayoría de ellos sin bañadores… ayyy la crisis, las madres, por lo general entradas en carnes, se van a la orilla y sentándose en el rompeolas, espatarradas, ponen sus partes a remojo… “ayyy qué fresquito señora”… que como dijo “la cuñá” de aquel esperpento: “¿Qué, te lo estás refrescando?” a lo que contesta enseguida: “si hija porque ya que no come, por lo menos que beba”… qué pena de tsunami… aquí si que hubiera hecho falta, aunque si tuviéramos la suerte de que uno llegara, seguro que la gorda hubiera seguido anclada en la arena, cual cachalote varado, eso no hay quien se lo lleve. Pero es que después hay otras algo más recatadas, que muy cucas ellas, hacen lo mismo que las anteriores pero sin necesidad de sentarse en la arena. Van con la silla playera muy baja y ponen los topes al límite para que al pasar el agua por debajo de la malla de la silla… cumpla su función. Tampoco se echa de menos al que lo tiene todo maquinado desde hace unos días, los mismos que lleva soñando con la playa. Este individuo es de esos que se las apaña para estar en la playa en las mismas condiciones que si estuviera en el sofá de su casa, y así, coloca su hamaca en la orilla, pone los pies a remojo, sienta su culo sobre el cojín que se ha traído para evitar las durezas que pudieran ocasionar los hierros de aquella en las cachas y del hierro superior, junto a la ridícula sombrillita que apenas le da sombra a la mitad de su cara, cuelga de una guitita el típico transistor para no perder detalle del partido de su equipo.
Mientras el abuelo se coloca como digo, los jóvenes de la familia se afanan en cavar en la orilla un agujero para meter allí la sandía hasta la hora del postre y que se mantenga fresca. Claro está que la mente no les dio para tanto y cavaron su particular “bujero” sin tener en cuenta que el mar no es estático y que las mareas suben y bajan cada seis horas. “Cusha, ¿te va bañá?, ¿tu me podría mirá si por er rompeolas hay un bujero con una sandía?, musha grasia sosio”… si es que no se les puede sacar de casa a los pobrecitos, no rebuznan porque Dios es misericordioso.
Y ya, el día es completo, si tienes la suerte de cruzarte con la típica parejita playera del tío del tanga o braga náutica de leopardo y la gorrita y la tía de escaso bikini, a juego con el del marido, y con silicona hasta en las cejas. Esa es la misma pareja que después en una discoteca lo da todo, flipándose como nadie, o de las que van a los conciertos apretadísimas, con vaqueros ajustados, botas altas, top de leopardo de generosísimo escote y las gafas de sol cogiéndole media cara… “yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas, para no verte más…” y para colmo tiene el valor de preguntar: Perdone, ¿La entrada a Backstage es por aquí? Señora, creo que se confunde, el burdel es aquel edificio de enfrente, esto es el estadio de fútbol.
Y lo que no deja de tener desperdicio, son los que trabajan cada verano de socorristas en nuestras playas en los distintos botiquines, a cada cual más tonto. A tanto llega el asunto que ya es difícil diferenciar al que lo es del que se lo hace. No deja de asombrar que en un entorno natural como es una playa, suene de repente un “ding dong ding” como si estuviéramos en un hipermercado y lo siguiente que oyéramos fuera un “señorita Encarni acuda a la caja nº 4 ar favó”. Pero no, toda esa parafernalia es para anunciar lo siguiente: ¡Atención!, Servicio de Información: Se ha perdido un niño (si está con el que lo está diciendo, ya ha dejado de estar perdido) de unos aparentemente cinco años de edad (lo tiene delante y no le pregunta la edad para saberla con seguridad), dice llamarse Raúl (si dice llamarse, se llama así precisamente porque lo está diciendo) y viste bañador color rojo. Por favor, que algún familiar pase a recogerlo en este botiquín (¿a cuál de ellos? Porque hay unos cuantos). Se pone en evidencia los coeficientes tan elevados de intelectualidad de los que en un momento de apuro nos deben salvar la vida, aunque yo personalmente, comprobando la inteligencia de los mismos, si estoy a vida o muerte, háganme un favor, no los llamen, porque estos sólo pueden encargarse de una cosa: rematarme, por si estaba mal enterrado.
Soportar esto todo el tiempo que alguien está en la playa es deprimente e innecesario. ¿Acaso los padres de un niño perdido, desde el momento que se dan cuenta que lo han perdido, no lo buscan? dependiendo de lo harto que estén del puñetero niño que no ha parado de dar por culo en todo el día, pero por lo general, lo buscan, ¿Cuántos Raules con bañador rojo (porque los demás datos parecen no ser del todo fiables por la eficacia del socorrista) habrá en una playa atestada de niños? Es gana de poner nerviosos a los padres de Raules con bañador rojo.
Lo más prudente, cuando llega cierta hora, es convencer a los niños para dar por terminado el día de playa, aunque el modo de convicción varia según la madre ante la que nos encontremos. No sé a qué se obedece más rápido, a un “Bea anda, ve recogiendo que nos vamos… si lo haces rápido, de postre, el helado que tanto te gusta” o a un “¡Angélica coño! Cuántas veces te disho ya en to’ la tarde que te metas en er agua, te zacuda la arena, te quite er bikini, te zeque er shosho y te vista, que nos vamos ya. A la prózima vé, te pego una leshe ya niña, ¡que me tiene jartita!” (La segunda versión es verídica). La niña con el segundo método se da más prisa y, por supuesto, se le quita “tor cashondeo” que decía la madre que tenía “en to’ lo arto”.
Desengáñense, esto es la España profunda, mejor dicho, la España sureña—la norteña sería objeto de tratarse en monólogo aparte—digna de los mejores documentales de la 2TV a la hora de la siesta. De hecho, este verano, cadenas de televisión privadas han captado el filón y se dedican a retransmitir cómo pasa la gente el verano. Si algo de esto han visto, coincidirán conmigo en que no miento.
La primera vez que vi uno de esos programas, habían grabado a una familia llegando al piso de alquiler en la playa—eso decían, pero realmente la playa estaba a veinte minutos en coche, vehículo que nadie tenía, con lo que suponía que los veinte minutos aumentaban en diez de espera en la parada “der coshe”(dícese del autobús o vehículo de transporte público), treinta más en el trayecto del mismo y cinco más hasta pisar la arena, que lo hacían, a ese paso, a la hora de cerrar—. Para que se hagan una idea, algo más grande, pero no mucho, que las soluciones habitacionales de treinta metros cuadrados de la ministra. Lo alucinante era la cantidad de gente que iba a vivir allí durante una quincena, con los consiguientes olores a humanidad—que mejor no especificar—, los problemas de higiene, de convivencia y todos los que les quieran añadir.
Todo consistía en un pasillo de entrada, un salón de cinco por cinco, una mínima terraza, un dormitorio con cama de matrimonio, un aseo—el baño no lo conoció esa familia—y una cocina. Aquel espacio ridículo iba a ser habitado por Jesuli y Antonia con sus respectivos hijos, Israel, Sara, Migue y Soraya y el novio de ésta última, “er Jony”—abreviatura de Jonatán—,la madre de Antonia, suegra de Jesuli y abuela de los niños, doña Josefa—Paca para las amistades, dijo ante la cámara—, el hermano de Jesuli que se acababa de separar y no paraba de exhibirse delante del objetivo sin darse cuenta la escena tan horrenda que estaba haciendo ver a los telespectadores, y un primo de la familia por el que habían conseguido el piso. Por descontado las mascotas: un perrito encantador, dos pajaritos y una tortuga.
¿Se lo imaginan? Creo que no, tienen problemas para esto hasta los del “Qué apostamos” de Ramonchu y la Obregón. A todos nos cuesta imaginárnoslo salvo a los miembros de esa familia que se adaptaron al medio enseguida: El matrimonio al dormitorio, con Soraya durmiendo en un saco en el suelo para evitar roces nocturnos con el novio, doña Paca al sofá con la escupidera a mano para evitar escapes inoportunos, los dos hermanos en sacos de dormir junto a la abuela, “er Jony” a la terraza con una colchoneta de playa porque aún no es de la familia, junto con el adorable perrito, a Sara le dieron una almohada y que se las apañara con la silla y mesa de la cocina, donde el fregadero sería el hábitat de la tortuga, el hermano separado de Jesuli al pasillo de la entrada y aprovechando que al primo que les proporcionó el piso le comenzaron a dar arcadas y retortijones… con un cojín encima de la cisterna se las apañaría para pasar las noches en el retrete. ¿Entraban o no entraban? ¡Ah! Se me olvidaba… los pájaros… al ventilador, sujetando la jaula con una cuerda.
Aún no puedo explicarme cómo en la sección de sucesos del telediario no ha salido: Tragedia en Peñíscola. Abuela ahorcada con el ventilador de un apartamento. El autor del fatal desenlace aún no está confirmado pero se presume la coautoría de los hechos; el yerno por convivencia reiterada en pequeño espacio y uno de los nietos que al dormir junto al sofá donde lo hacía la fallecida, numerosas noches tenía que soportar en su rostro el descuelgue del sofá de los pies de su abuela. La Asociación Defensora de Animales se persona en la causa abierta por aparecer estampado en la acera existente bajo la terraza un perro, que presuntamente fue arrojado por el que cohabitaba con él en el mencionado espacio abierto del piso. Las investigaciones de los efectivos de la Policía que se personaron en la vivienda, desvelan la posible existencia de un ser vivo en la cocina, por los rastros evidentes en el fregadero, y desaparición del mismo. Se presume el destino de su cuerpo en el vertedero municipal, después de salir de la vivienda en la bolsa de basura y pasar por el contenedor de la calle. Ha ingresado en el Hospital de la localidad, por deshidratación con pronóstico reservado, un pariente de la familia. El miembro de la familia que figura como titular en el contrato de arrendamiento, deberá hacerse cargo de las operaciones de desatasco de tuberías y tubo sifónico del aseo del inmueble, hecho que ha causado numerosos focos de goteras en el piso inferior.
¿Cuál ha sido la primera reacción de la persona que se queda al frente de la casa María del Mar de la Perna (enviada especial al lugar del suceso)? Pues he de decir que la hija de la difunta y mujer del presunto coautor se encuentra ahora mismo en la calle, junto al nº 28 donde residen como arrendatarios, descorchando una botella de cava por la enorme alegría que le ha supuesto ser beneficiaria, a destiempo, de la herencia de su madre, además de la reducción de familia que el hecho ha supuesto—una fallecida, otros ingresados en hospital y centro penitenciario a la espera de juicio, según a quién nos refiramos, y dos animales extraviados—, con lo que finalizan los cinco días que aún les restan de vacaciones con todas las comodidades que cabían de esperar para las dimensiones del apartamento.
¿Sorprendidos? En España una reacción así no debe cogernos desprevenidos, son de lo más común. En fin, ¿qué quieren que les cuente? Esto es la España profunda, la realidad de cada día. Podría contarles más… pero quizás en otra ocasión.
Siempre dicen por ahí—sobre todo los de Madrid—que aquí se trabaja muy poco, a lo que respondo lo mismo cada vez que tengo ocasión: No es que se trabaje poco, es que aquí las distancias son más cortas y hay más tiempo para descansar… pero parándome a pensar… lo de Sevilla es un cachondeo constante. Venimos de estar un mes en la playa, bueno, vamos a dejarlo en quince días por aquello de la crisis, mejor en un fin de semana largo… que estoy pensando en lo soplao que están algunos, bueno, mañana compramos la piscina en Leroy Merlín y la colocamos en la azotea. La cosa es, que terminamos el verano, y que si la Feria de San Miguel, el puente de todos los Santos, la Inmaculada, la Navidad, el puente de Andalucía, la Semana Santa, la Feria de Abril, San Fernando, que con un poco de suerte también es puente… y ya estamos otra vez metidos en la piscina cutre de Leroy Merlín tomando el sol en la azotea… vamos, que trabajamos menos que los de la Banda de la Maestranza esta Feria pasada… ¡ojú! niño que toros más malos… La verdad es, que si aquí trabaja alguien, lo disimula muy bien.
Ahora se ha puesto de moda eso de irse de Erasmus… eso ya es el colmo de la flojera. El que se va, para convencer a los padres, les dice: Mira mamá, papá, que si el idioma, que si así vuelvo más espabilado… la madre, a todo esto, mira al padre con cara de horror: ¿Más espabilado todavía por Dios? No se puede tener ya más poca vergüenza… el niño, el único idioma que va a traer aprendido va a ser el internacional que todo el mundo conoce… ese que se practica con la lengua, bueno, y también con otras cosas… pero vamos a no ser mal pensados… porque si da con una compañera de piso medio monja, ahí no hay nada que hacer—y no porque la niña no tenga una fácil apertura de piernas, todo lo contrario, seguramente esté desesperada, sino porque… ¿conocéis la definición de monja, no? Que se casan con Dios porque no hay dios que se case con ellas—, vamos que como le toque una de esas, no feas, sino horrorosas… va a traer el niño el idioma de la tierra aprendido de maravilla, las asignaturas que se lleve aprobadas con matricula… pero… ¡ay! de aquél que le pille una golfa… va a estar de cama en cama y tiro por que me toca. Para estas cosas nunca nos vence la pereza. ¡Ay que ver cómo somos, siempre pensando en lo mismo!
También están los que se van a estudiar la carrera a Madrid o a otros lugares. Esos sí que son flojos. Vas a visitar su piso y la parte más limpia es siempre la cocina. Si extrañado le preguntas ¿Oye tu qué comes? Te responde: Los lunes filete de pechuga de pollo a la plancha con ensalada… ¿qué le pones a la ensalada? La mía es básica: lechuga. Los martes pechuga de pollo a la plancha con zanahoria, los miércoles, pechuga de pollo a la plancha con mahonesa… y así sucesivamente con platos de poca complicación, para no quebrarse mucho la cabeza. Y ¡eh! mucho cuidado, que eso es cuando el tío ya está puesto en el arte culinario… que cuando llegó a Madrid, el primer día le dijo al camarero del Vip’s: Por favor, unos nachos y una coca cola. Ahora ya la cosa varía: Wilson de Andrés, pórtate bien y ponme lo de siempre anda… Pero no os creáis que sólo son flojos para cocinar… ya hasta para divertirse: Oye tío, mañana podemos organizar unas copas en tu casa, que he conocido unas niñas que están como un tren de mercancías… a lo que el dueño de la casa responde siempre con un “No” rotundo, siendo variado el abanico de excusas: que si los vecinos, que el portero protesta porque siempre terminan rompiendo las lámparas y floreros de las zonas comunes… pero la realidad sólo es una: Déjate de cachondeo que si las doy, me tengo que pegar todo el día de mañana limpiando el piso. Y esto, en los casos más higiénicos… que hay otros que pueden llegar a convivir con la mierda unos cuántos días.
¿Sabéis? Una de las cosas buenas que tiene el sevillano es su optimismo por naturaleza. Yo creo que debe ser el clima, que hace subir la autoestima de la gente, porque hay algunos que con esa cara que tienen no “pillan” por la noche ni aunque vayan a Lourdes de rodillas. Vamos, que no se les arregla la cara ni en Corporación Dermoestética. Una de estas noches, que venía yo de una fiesta, perfectamente vestido—elegantísimo con mi smoking, camisa de piqué blanco inmaculado y botonadura heredada de antepasados—a eso de las cuatro de la mañana, entramos unos cuantos en una famosa discoteca del comienzo de la calle Betis. Era de esas veces que tú entras sabiendo que todo el mundo te mira, se te acercan porque te creen poderoso, etc., pero a uno de los que venían conmigo, que yo conocía de bien poco, no lo miraba ni la Caridad. Siempre dicen en los documentales de la 2 de Televisión española—aparte de ponerte, después de comer, el apareamiento del escarabajo pelotero, que no veas cómo se duerme, levantándote a las ocho de la tarde con una karaja que no te sostienes—que el hombre proviene del mono… y la gente se queda dudando demasiado… pero un día os voy a presentar a este hombre que os digo… desaparece cualquier tipo de duda sobre nuestra ascendencia. Provenimos del mono seguro… aunque unos más que otros.
El caso es, que esa noche, este hombre tuvo todas las tías que quiso y más a su alcance. Las espantó a todas. También tuvo toda clase de reservados, botellas gratis, copas, etc.… y ni por esas se le acercaba ni la interesada de turno. El tiempo pasó casi sin darnos cuenta y al abandonar la discoteca, que éramos los últimos, lo vimos hablando con una limpiadora que hacía lo propio con la fregona: Oye guapa… si quieres te ayudo… Para que os hagáis una idea: Unos cincuenta y pico de años, más de campo que un olivo, con un diente de metal, más los que tenía mellados y unos noventa kilos de peso. ¡Lo que hace el alcohol, qué barbaridad!
Es cierto, que los sevillanos, salvo cuando van buscando lo que van buscando, son muy enamoradizos, les pegas un revolcón sin consecuencias y a la mañana siguiente están haciendo cola en el despacho parroquial para hablar con el cura de los preparativos de la boda. Después de conocer tantos líos de faldas, puedo contar algunas situaciones graciosas que he conocido. Uno que yo conozco, no iba nunca con su madre a ningún lado, hasta que un día no tuvo más remedio que acompañarla al supermercado. La madre no salía de su asombro, desde aquél día su hijo la acompañaba todas las semanas, y cuando se trataba de un encarguito tonto, lo hacía él también. Pues pasó lo del príncipe con la reina—cuando se iba a ver el telediario de las tres de la tarde ante la extrañeza de la reina—. El niño se había ido a enamorar de la cajera del Carrefour. Tal era la obsesión que como su caja estuviera cerrada, se pasaba toda la tarde dando vueltas por las calles del Hipermercado hasta que estuviera su cajera en su puesto, que si la charcutería, la pescadería, los frutos secos, la bebida, el papel higiénico, el Tena Lady, el Hemoal, el Algasiv… si, si, ríanse… pero no hay cosa más vergonzosa que ir por la calle con un paquete de los de a doce de papel higiénico. Sólo puede significar una cosa: que te pasas el día con la correa al cuello cagándote por puertas y ventanas y has ido a abastecerte cuando los chícharos de la madre de tu novia—que te los puso para que dejaras a su hija—te han dado una tregua. Vamos, que desde que te lo puso “pasas las noches enteras moliendo café”… ya hasta has decidido llevarte la almohada, que si la colocas sobre la cisterna… para unas cuantas cabezaditas da la postura. Como será que, desde el cuarto de baño, que da al patio interior de la casa, oyes, cuando te metes en faena, los cerrojazos de las ventanas y alguna que otra vez un “Niño hijoooo ya te vale”. Bueno, el caso es, que el niño del Carrefour se terminó conociendo tan bien el establecimiento, que ahora lo han contratado para repartir información con un par de patines, y que si el día ha ido bien, sólo se ha llevado por delante a media docena de viejas.
Pero hablando de obsesiones amorosas y dejando las guarradas a un lado, donde se encuentran las peores es en el Tuenti. Nada más perjudicial que el Tuenti para un enamorado que lo han mandado a paseo. Conectado de diez en diez minutos, examina todos los comentarios de la novia buscando el rastro de las respuestas, no sólo ve las fotos que antes también se descargaba—sólo Dios sabe para qué—y que ahora ya no puede porque la novia lo ha restringido, sino que también examina todos los comentarios en fotos, analiza el perfil de los nuevos personajillos desconocidos, examina los gestos, las actitudes de ella en las fotos, las visitas del perfil… 987678867. ¡Coño! ¿Quién es el mamón que le manda privaditos y que no lo tengo fichado? Porque joe, que mi novia es guapa… pero tampoco es Adriana Lima para tener tantas visitas en tan poco tiempo. Pero todo esto es en Internet y resta lo que de sin igual tienen los sevillanos en vivo y en directo.
Porque si hablamos de los sevillanos en primavera, ahí es donde se cumplen todos los tópicos: Esto es lo más grande del mundo, aquí hasta que el cuerpo aguante, que no nos falte de na’… etc. Y la verdad es que en Semana Santa y en Feria se ven cosas que no se ven en ningún lado. Dónde me dejas tú a esos padres, llevando a altas horas de la madrugada, a esos niños, los pobrecitos, muertos de sueño en sus carritos a ver cofradías. Eso sí… muy tapaditos para que no se enfríen… pero la paliza que les pegan en las bullas y la de tobillos que destrozan con los carritos es para verlo y padecerlo. Pero aquí está el sevillano para inventar… ¿Qué hay crisis? Si hombre… eso no va conmigo. Eso es lo que pensaba aquel, que tras acercarse una señora para ver al niño que llevaba en el carrito y decirle eso de “ayyyy qué mono”, al destaparlo un poco, encontró la pezuña del cochino en vez de una cara angelical, y que si seguía tirando de la manta… aparecían los taper con la tortilla, la ensaladilla, el morcón, los bocadillos… la crisis, la crisis… que está todo muy caro en Semana Santa como para cenar con mesa y mantel. No se dejen engañar, que de noche nada es lo que parece.
La crisis fue lo que hizo que un señor de unos cuarenta años, síndrome de down, tuviera que tomarse para cenar, un bocadillo que traía de su casa con un cerveza en un bar, antes de ver la Entrada de su Cofradía favorita, según nos contó. Esa entrada, y hablando siempre en cuestiones de esfuerzo, porque estéticamente es una maravilla, es más mala que pegarle a un padre con un calcetín sudado, a media noche, con la farmacia cerrada y el médico acostado sin quererse levantar. Una rampa de infarto y una puerta de pequeñas dimensiones se encargan de poner la cosa a los costaleros más dura que la picha de un novio. Allí la gente, no veas tú, cómo se aglomera, una cosa mala. Y lo peor es que siempre están los rezagaos que quieren pasar de un lado a otro de la rampa cuando ya está todo el mundo colocado y no hay sitio. Esto fue lo que hizo que aquél señor, espontáneamente, se pusiera a regular el tráfico de personas antes que llegara la Cofradía: A ver, abrid ahí un hueco para pasar, vosotros, de cinco en cinco, hasta que no pasen todos, que no suba nadie más la rampa… eso, eso, así, así. Organizó todo en un momento, incluso se encaró con unos niñatos que no paraban de hacer el imbécil: Tú, tú, ehhh, si, tú… cállate ya ehhhh, que como venga la policía… tú a la puta calle, decía aquel señor con síndrome de down con gracia a destajo—imagínenselo—, aunque para gracia, la que a él le hacía toda aquella situación. Por aquello, aquél señor se llevó una ovación de toda la plaza. Pero lo mejor estaba por llegar. Una señora, de noventa y pico de años, de casi un metro de estatura contando con la joroba… a la señora le salía el cuello del pecho… no veáis como era el tema, con un brazo descolgado, perfectamente vestida, todas las joyas puestas, vamos, la Macarena bajo palio, comenzó a subir esa rampa y a pedir paso para salir por el otro lado. Y así es el sevillano, en vez de ayudarla a bajar y que siguiera su camino, la cogieron por las piernas en volandas y la llevaron, hasta con las medias caídas, a su casa, que estaba cerca. Aquello no tenía desperdicio.
Eso como cuando estaba en la Cuesta del Rosario viendo uno de esos pasos de misterio que no les falta de nada, de esos que parece un tranvía de la cantidad de gente que lleva arriba, con árbol… era completito, completito. Estaban a mi lado un niño con su tío, cuando, justo al llegar el paso, suena el móvil del tío. Era el padre de la criatura, que llamaba para ver dónde se encontraban. Después de comentarle “er tito” que “er niño” y él se encontraban bien… le dijo: espérate que te lo paso para que te comente la jugada. ¿Desde cuándo el Sevilla-Betis se jugaba en la Alfalfa?... y yo sin enterarme.
Estas cosas pasan, ocurren cuando uno menos se lo espera. Igual que en Feria. Ruégale a Dios que no haga demasiado calor, porque algunas casetas, que se ponen hasta la bandera, son verdaderas saunas, hay hasta que pedir la vez para respirar, como en la pescadería. ¿Bailas conmigo? “Er 32”, yooooo, espera un segundo monada, que respire un poco, que si no se me pasa el turno, y ya bailo lo que tu quieras. No se sabe que es peor, si que llueva o que haga calor. De las dos formas se ven cosas estrambóticas. El año pasado, que llovió más que en el arca de Noé, se veían modelitos que no tenían desperdicio. Una con el traje de flamenca y las botas de agua, otras con traje de flamenca de cuando eran pequeñitas, que ahora les llegan por las rodillas y así no se manchan del barro en el que se ha convertido el albero… vamos que parecían la Wendy que estaba encima de la televisión en casa de la Omaíta de Los Morancos, pero ya el colmo, encima del traje un impermeable de los que te venden los chinos, dejando la abertura que trae para la cabeza, para meter la flor y la cabeza la sacaban por el primer botón del impermeable… la Feria y sus cosas. Imaginación a raudales.
Hablando de chinos. Nosotros los sevillanos somos especiales hasta para relacionarnos interculturalmente. En Madrid se acerca el chino de los claveles ofreciéndote algo y la gente contesta: No, no, muchas gracias. Aquí en Sevilla, nada más ponerse a tiro el chino le decimos: ¡Chinooooooo! Ven para acá… ¿A cuánto me vas a vender el manojo de flores? Cinco euros. Chino, vamos a ver… ¿tu me has visto cara de gilipoyas? Te doy tres por todo el manojo. Después de un regateo inmundo, el chino te intenta tangar con los anillos, que de los siete que tiene sólo se encienden tres. La espada láser se le ha quedado sin pilas, la corona de lucecitas dice que 7 euros… Pero vamos a ver chino de mierda, ¿tú no te has enterado que estamos en crisis? ¡Shamglicumto chintapu funchipei!... tu puta madre por si las moscas… dos palmaditas en la espalda y el chino de los claveles a tomar por culo.
Si es que siempre tenemos que marcar la diferencia… por cierto, hablando de diferencias. El otro día, en un programa de televisión analizaban la Feria de Abril hablando de los pequeños matices de una Feria y otra. Me explico, hay ciertos elementos que diferencian a la gente normal, como tú y como yo, del circo y fiera que viene con los bocadillos de chorizo metidos en el bolso. Uno de esos elementos es la barandilla de la caseta. Quien está a un lado y mirando el percal desde arriba, con autoridad, todo lo puede. El que está abajo, al otro lado, es un tieso… no tiene donde caerse muerto. Otro elemento diferenciador es el marisco. En las casetas de los distritos hay unos revueltos extraordinarios, potajes, tortillas… sí, sí, pero no hay marisco. A quien en la Feria se le mantenga un bigote de una gamba alrededor de la boca, podrá ser un guarro, pero nunca un tieso, no se habrá limpiado la boca, ni mucho menos lavarse los dientes, pero ese seguro que se limpia el culo con un Bin Laden.
¡Ahhh! Un consejo: vigilar mucho lo que coméis en Feria, porque un descuido puede llevar a la peor de las situaciones posibles. Nos entra el apretón y tras comenzar el sudor frío por la espalda, intentamos conseguir atravesar la cantidad de gente que hay en la caseta, llegamos a la cola en la que te dicen que uno de los baños está estropeado y el otro abarrotado. Tras diez minutos de intensa espera, en los que comienza a pasarse por la cabeza lo que tendremos que hacer si no somos capaces de aguantar… no por Dios, mejor no pensarlo, hay que aguantar como sea, por fin tu turno. Cierras la puerta, el pestillo, joder… no encaja con el agujero. Bueno eso es lo de menos, agarro la puerta por dentro con la mano. ¿Y qué ocurre? Sorpresa. Estás cagándote patas abajo, la gente con el puntillo no apunta y se mea fuera. Y para colmo, el papel higiénico no es que se haya agotado, es que no existe, en esa caseta no debían saber lo que era eso. ¿Cómo te sientas ahora sin mancharte el culo, esa chaqueta nueva que estás estrenando? Para ponerte más nervioso observas que tampoco hay jabón… osea, que no te va a dar igual mancharte las cachas porque luego no te puedes dar con agüita fresca y jabón… empiezan a aporrear la puerta, los de la cola se impacientan y hacen gracias a nuestra costa… mejor morirse de hambre que verse envuelto en una situación así por comer lo inoportuno. La Feria, sí señor, la mejor del mundo. Por cierto, párense a pensar en un matiz: ¿Se han dado cuenta que la Feria de Sevilla es el único sitio donde los animales van por los adoquines y las personas por el albero? Eso da mucho que pensar.
Ya después de la Feria y con la llegada de ese calorcito tan bueno de esta Sevilla, ese de 40 º a la sombra, de freír huevos en los morros de los coches, hace que la gente se vaya aligerando de ropa… y… según el caso, será grato o ingrato. No es plato de buen gusto ver a las gordas por ahí con el flotador al aire y la colección de michelines danzando a sus anchas por la malla del top. Con esto no critico a las gordas, sino a las que sabiendo que lo están, se destapan igual que las de la talla 36. Señora, un poquito de estética y vergüenza, por favor. Pero lo que verdaderamente debería estar prohibido por Ordenanza municipal es bajar a la playa los domingos. En esa arena caliente se concentran familias enteras que desde primera hora del mediodía montan el quiosco, cada día más sofisticado, los hierros de la estructura, la lona, las mesas, las sillas, el ventilador de pilas, las palas, los cubos de los niños, las cremas de protección solar y autobronceadoras según para quién sea y a quién nos queramos cargar, las cartas para la sobremesa, el periódico, el balón, las colchonetas, los flotadores, los manguitos, la gorrita para el sol, las neveras, los taperware, los refrescos, el vino, las tortillas de patatas, las ollas a presión para los potajes—da calor sólo con pensarlo—, las ensaladillas, los frutos secos, las sandías, toda clase de marisco recién comprado en la plaza, que no falte la Cruzcampo y todo a punto para un día de playa, después, eso sí, de ochocientos viajes, con 40º, a la flagoneta para descargarlo todo. Los niños juegan a sus anchas, la mayoría de ellos sin bañadores… ayyy la crisis, las madres, por lo general entradas en carnes, se van a la orilla y sentándose en el rompeolas, espatarradas, ponen sus partes a remojo… “ayyy qué fresquito señora”… que como dijo “la cuñá” de aquel esperpento: “¿Qué, te lo estás refrescando?” a lo que contesta enseguida: “si hija porque ya que no come, por lo menos que beba”… qué pena de tsunami… aquí si que hubiera hecho falta, aunque si tuviéramos la suerte de que uno llegara, seguro que la gorda hubiera seguido anclada en la arena, cual cachalote varado, eso no hay quien se lo lleve. Pero es que después hay otras algo más recatadas, que muy cucas ellas, hacen lo mismo que las anteriores pero sin necesidad de sentarse en la arena. Van con la silla playera muy baja y ponen los topes al límite para que al pasar el agua por debajo de la malla de la silla… cumpla su función. Tampoco se echa de menos al que lo tiene todo maquinado desde hace unos días, los mismos que lleva soñando con la playa. Este individuo es de esos que se las apaña para estar en la playa en las mismas condiciones que si estuviera en el sofá de su casa, y así, coloca su hamaca en la orilla, pone los pies a remojo, sienta su culo sobre el cojín que se ha traído para evitar las durezas que pudieran ocasionar los hierros de aquella en las cachas y del hierro superior, junto a la ridícula sombrillita que apenas le da sombra a la mitad de su cara, cuelga de una guitita el típico transistor para no perder detalle del partido de su equipo.
Mientras el abuelo se coloca como digo, los jóvenes de la familia se afanan en cavar en la orilla un agujero para meter allí la sandía hasta la hora del postre y que se mantenga fresca. Claro está que la mente no les dio para tanto y cavaron su particular “bujero” sin tener en cuenta que el mar no es estático y que las mareas suben y bajan cada seis horas. “Cusha, ¿te va bañá?, ¿tu me podría mirá si por er rompeolas hay un bujero con una sandía?, musha grasia sosio”… si es que no se les puede sacar de casa a los pobrecitos, no rebuznan porque Dios es misericordioso.
Y ya, el día es completo, si tienes la suerte de cruzarte con la típica parejita playera del tío del tanga o braga náutica de leopardo y la gorrita y la tía de escaso bikini, a juego con el del marido, y con silicona hasta en las cejas. Esa es la misma pareja que después en una discoteca lo da todo, flipándose como nadie, o de las que van a los conciertos apretadísimas, con vaqueros ajustados, botas altas, top de leopardo de generosísimo escote y las gafas de sol cogiéndole media cara… “yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas, para no verte más…” y para colmo tiene el valor de preguntar: Perdone, ¿La entrada a Backstage es por aquí? Señora, creo que se confunde, el burdel es aquel edificio de enfrente, esto es el estadio de fútbol.
Y lo que no deja de tener desperdicio, son los que trabajan cada verano de socorristas en nuestras playas en los distintos botiquines, a cada cual más tonto. A tanto llega el asunto que ya es difícil diferenciar al que lo es del que se lo hace. No deja de asombrar que en un entorno natural como es una playa, suene de repente un “ding dong ding” como si estuviéramos en un hipermercado y lo siguiente que oyéramos fuera un “señorita Encarni acuda a la caja nº 4 ar favó”. Pero no, toda esa parafernalia es para anunciar lo siguiente: ¡Atención!, Servicio de Información: Se ha perdido un niño (si está con el que lo está diciendo, ya ha dejado de estar perdido) de unos aparentemente cinco años de edad (lo tiene delante y no le pregunta la edad para saberla con seguridad), dice llamarse Raúl (si dice llamarse, se llama así precisamente porque lo está diciendo) y viste bañador color rojo. Por favor, que algún familiar pase a recogerlo en este botiquín (¿a cuál de ellos? Porque hay unos cuantos). Se pone en evidencia los coeficientes tan elevados de intelectualidad de los que en un momento de apuro nos deben salvar la vida, aunque yo personalmente, comprobando la inteligencia de los mismos, si estoy a vida o muerte, háganme un favor, no los llamen, porque estos sólo pueden encargarse de una cosa: rematarme, por si estaba mal enterrado.
Soportar esto todo el tiempo que alguien está en la playa es deprimente e innecesario. ¿Acaso los padres de un niño perdido, desde el momento que se dan cuenta que lo han perdido, no lo buscan? dependiendo de lo harto que estén del puñetero niño que no ha parado de dar por culo en todo el día, pero por lo general, lo buscan, ¿Cuántos Raules con bañador rojo (porque los demás datos parecen no ser del todo fiables por la eficacia del socorrista) habrá en una playa atestada de niños? Es gana de poner nerviosos a los padres de Raules con bañador rojo.
Lo más prudente, cuando llega cierta hora, es convencer a los niños para dar por terminado el día de playa, aunque el modo de convicción varia según la madre ante la que nos encontremos. No sé a qué se obedece más rápido, a un “Bea anda, ve recogiendo que nos vamos… si lo haces rápido, de postre, el helado que tanto te gusta” o a un “¡Angélica coño! Cuántas veces te disho ya en to’ la tarde que te metas en er agua, te zacuda la arena, te quite er bikini, te zeque er shosho y te vista, que nos vamos ya. A la prózima vé, te pego una leshe ya niña, ¡que me tiene jartita!” (La segunda versión es verídica). La niña con el segundo método se da más prisa y, por supuesto, se le quita “tor cashondeo” que decía la madre que tenía “en to’ lo arto”.
Desengáñense, esto es la España profunda, mejor dicho, la España sureña—la norteña sería objeto de tratarse en monólogo aparte—digna de los mejores documentales de la 2TV a la hora de la siesta. De hecho, este verano, cadenas de televisión privadas han captado el filón y se dedican a retransmitir cómo pasa la gente el verano. Si algo de esto han visto, coincidirán conmigo en que no miento.
La primera vez que vi uno de esos programas, habían grabado a una familia llegando al piso de alquiler en la playa—eso decían, pero realmente la playa estaba a veinte minutos en coche, vehículo que nadie tenía, con lo que suponía que los veinte minutos aumentaban en diez de espera en la parada “der coshe”(dícese del autobús o vehículo de transporte público), treinta más en el trayecto del mismo y cinco más hasta pisar la arena, que lo hacían, a ese paso, a la hora de cerrar—. Para que se hagan una idea, algo más grande, pero no mucho, que las soluciones habitacionales de treinta metros cuadrados de la ministra. Lo alucinante era la cantidad de gente que iba a vivir allí durante una quincena, con los consiguientes olores a humanidad—que mejor no especificar—, los problemas de higiene, de convivencia y todos los que les quieran añadir.
Todo consistía en un pasillo de entrada, un salón de cinco por cinco, una mínima terraza, un dormitorio con cama de matrimonio, un aseo—el baño no lo conoció esa familia—y una cocina. Aquel espacio ridículo iba a ser habitado por Jesuli y Antonia con sus respectivos hijos, Israel, Sara, Migue y Soraya y el novio de ésta última, “er Jony”—abreviatura de Jonatán—,la madre de Antonia, suegra de Jesuli y abuela de los niños, doña Josefa—Paca para las amistades, dijo ante la cámara—, el hermano de Jesuli que se acababa de separar y no paraba de exhibirse delante del objetivo sin darse cuenta la escena tan horrenda que estaba haciendo ver a los telespectadores, y un primo de la familia por el que habían conseguido el piso. Por descontado las mascotas: un perrito encantador, dos pajaritos y una tortuga.
¿Se lo imaginan? Creo que no, tienen problemas para esto hasta los del “Qué apostamos” de Ramonchu y la Obregón. A todos nos cuesta imaginárnoslo salvo a los miembros de esa familia que se adaptaron al medio enseguida: El matrimonio al dormitorio, con Soraya durmiendo en un saco en el suelo para evitar roces nocturnos con el novio, doña Paca al sofá con la escupidera a mano para evitar escapes inoportunos, los dos hermanos en sacos de dormir junto a la abuela, “er Jony” a la terraza con una colchoneta de playa porque aún no es de la familia, junto con el adorable perrito, a Sara le dieron una almohada y que se las apañara con la silla y mesa de la cocina, donde el fregadero sería el hábitat de la tortuga, el hermano separado de Jesuli al pasillo de la entrada y aprovechando que al primo que les proporcionó el piso le comenzaron a dar arcadas y retortijones… con un cojín encima de la cisterna se las apañaría para pasar las noches en el retrete. ¿Entraban o no entraban? ¡Ah! Se me olvidaba… los pájaros… al ventilador, sujetando la jaula con una cuerda.
Aún no puedo explicarme cómo en la sección de sucesos del telediario no ha salido: Tragedia en Peñíscola. Abuela ahorcada con el ventilador de un apartamento. El autor del fatal desenlace aún no está confirmado pero se presume la coautoría de los hechos; el yerno por convivencia reiterada en pequeño espacio y uno de los nietos que al dormir junto al sofá donde lo hacía la fallecida, numerosas noches tenía que soportar en su rostro el descuelgue del sofá de los pies de su abuela. La Asociación Defensora de Animales se persona en la causa abierta por aparecer estampado en la acera existente bajo la terraza un perro, que presuntamente fue arrojado por el que cohabitaba con él en el mencionado espacio abierto del piso. Las investigaciones de los efectivos de la Policía que se personaron en la vivienda, desvelan la posible existencia de un ser vivo en la cocina, por los rastros evidentes en el fregadero, y desaparición del mismo. Se presume el destino de su cuerpo en el vertedero municipal, después de salir de la vivienda en la bolsa de basura y pasar por el contenedor de la calle. Ha ingresado en el Hospital de la localidad, por deshidratación con pronóstico reservado, un pariente de la familia. El miembro de la familia que figura como titular en el contrato de arrendamiento, deberá hacerse cargo de las operaciones de desatasco de tuberías y tubo sifónico del aseo del inmueble, hecho que ha causado numerosos focos de goteras en el piso inferior.
¿Cuál ha sido la primera reacción de la persona que se queda al frente de la casa María del Mar de la Perna (enviada especial al lugar del suceso)? Pues he de decir que la hija de la difunta y mujer del presunto coautor se encuentra ahora mismo en la calle, junto al nº 28 donde residen como arrendatarios, descorchando una botella de cava por la enorme alegría que le ha supuesto ser beneficiaria, a destiempo, de la herencia de su madre, además de la reducción de familia que el hecho ha supuesto—una fallecida, otros ingresados en hospital y centro penitenciario a la espera de juicio, según a quién nos refiramos, y dos animales extraviados—, con lo que finalizan los cinco días que aún les restan de vacaciones con todas las comodidades que cabían de esperar para las dimensiones del apartamento.
¿Sorprendidos? En España una reacción así no debe cogernos desprevenidos, son de lo más común. En fin, ¿qué quieren que les cuente? Esto es la España profunda, la realidad de cada día. Podría contarles más… pero quizás en otra ocasión.


