domingo, 1 de noviembre de 2009

A propósito de la Educación

Después de la polémica que en los últimos tiempos venía suscitando la educación de los alumnos en los centros escolares, y en definitiva, la educación de la sociedad española, pues es esta la que se cuestiona su conveniencia, ya que si los padres de los alumnos son mal educados, o lo que es peor, ineducados, sus hijos serán fiel reflejo de esa buena, mala o regular forma de educar. Y aún más ha recobrado fuerza esta polémica con el debate y la efectiva implantación en la Comunidad de Madrid de la consideración del profesorado como autoridad pública, lo que los convierte en sujetos con capacidad suficiente para ejercer ciertas potestades y su amparo jurisdiccional privilegiado.

Si se trata de posicionarse, no hay mejor ejemplo visual que el reality de televisión por el que ha apostado Antena 3 para sacarnos de dudas. “El Curso del 63” revive a modo de Gran Hermano, la experiencia de un grupo de alumnos de hoy en un internado de aquella época. Lo primero que se advierte en este formato televisivo es la radical oposición entre los métodos educativos de entonces y los alumnos actuales. Si a ello le añadimos la continua protesta de los alumnos por cualquier motivo, las faltas de educación y comportamiento constantes, además de una intrínseca mala lengua habitual, entenderemos fácilmente que eran más eficaces los métodos de entonces. Llegados a este punto conviene preguntarse lo siguiente: ¿Qué ha cambiado?, ¿Qué diferencia a un método de otro?

Pues la respuesta es bien sencilla. La educación ha progresado en cierta línea debido a las reformas que han introducido las corrientes políticas progresistas, socialistas o como quieran llamarlas, amén de la incorporación de las nuevas tecnologías que sí hacían falta. Estas corrientes progresistas han posibilitado una igualdad entre alumno y profesor, cosa que “per se”, por lo que implica la posición de cada uno, es materialmente imposible. Los medios para la consecución de este objetivo han sido determinantes: el tuteo al profesor, que ha propiciado las faltas de respeto y a largo plazo, la falta de autoridad que ahora se pretende recobrar a toda costa al ser conscientes del fracaso de la medida. Pero no nos engañemos, todo esto tiene su origen en la despreocupación de los padres, en el ambiente familiar, por la educación de sus hijos, pues no olvidemos que a los colegios e institutos se va a adquirir conocimientos, no a enseñar modales y comportamiento básicos, que a los alumnos se les presupone. Si bien, es necesario advertir que en condiciones normales, que son las más y no las menos, el comportamiento de los alumnos españoles es satisfactorio, pero el deber de la Administración del Estado es el de atajar cualquier tipo de vejación y violación del honor de todo funcionario de la enseñanza española.

De otro lado, y también en íntima relación con la educación personal, hay que hacer mención a la polémica que el Gobierno ha creado con su proyecto de ley para la regulación del aborto. Debo decir que si bien, estoy en contra de la medida gubernamental, el origen de la misma no radica en el Gobierno y como es lógico, lo que mal empieza, mal acaba y aún más si es este Ejecutivo el que se encarga de poner la guinda al pastel.

En honor a la justicia, hay que eximir al Gobierno de gran parte de la responsabilidad. Sí, han leído bien. Zapatero y su equipo sólo se han encargado de regular una situación que comienza a ser habitual en las clínicas y hospitales y a la cual había que darle espacio legislativo, no por nada, sino porque lo que está en juego son vidas humanas, protegidas constitucionalmente en 1978.

A partir de aquí, hay que ahondar en el por qué de esa habitualidad abortiva. Abordando la cuestión desde un punto de vista Cristiano-Católico, como no puede ser de otra manera, advertir que la sociedad en la que vivimos, con su consustancial pérdida de valores, está entregada a la consecución inmediata de todo aquello que produzca satisfacción y placer. Es por ello que han desvinculado el hecho de tener relaciones sexuales de su fin último y exclusivo: la concepción de una persona. Efectivamente, hoy en día la sociedad ha olvidado que las relaciones sexuales se mantienen dentro del matrimonio por un acto de amor y entrega a la persona que quieres para concebir otra. Esto es lo que postula la Iglesia Católica, que evidentemente, proscribe el uso de preservativos en las mencionadas relaciones. Se presupone que si tienes relaciones sexuales es porque deseas tener un hijo, pues es su único fin. En esta afirmación se excluyen por tanto los preservativos, los abortos y las relaciones sexuales que sólo buscan el placer momentáneo fuera del matrimonio.

La mayor parte de los abortos practicados se realizan a madres que no desean tener ese hijo, pero sin embargo, no se han privado de esa relación íntima con una persona que quizás sólo conocen de una noche y de la que no ha vuelto a tener noticias. O quizás, proviene de esos novios irresponsables que por adelantarse a los hechos, ahora son incapaces, por inmaduros, de hacerse cargo de un bebé. En definitiva, que en esta sociedad, la gente es muy apta y madura para divertirse, pero a la hora de asumir las consecuencias, son perfectos niños chicos imposibilitados para ser dueños de sus actos. Es por esto por lo que, ante el trauma de verse con un bebé al que no pueden mantener, en vez de privarse consciente y responsablemente de mantener relaciones sexuales, acuden rápidamente a una solución que sea intermedia, que no los prive del placer de una relación sexual pero que tampoco lleve aparejada traer un niño al mundo. Esa solución descafeinada, pues no pasa por asumir las consecuencias ni por el sacrificio de la abstinencia, se llama aborto, se llama preservativo y se llama píldora del día después.

Todos estos métodos están a disposición de la gente para el relajado disfrute de sus relaciones sexuales, sin que perturbe la conciencia de nadie la preocupación que implica traer al mundo a otra persona. No hay que olvidar que las relaciones sexuales no son otra cosa que un medio para la vida y que por tanto, todo método que obstaculice o anule el proceso natural atenta contra la vida. Por esta última afirmación, estoy de acuerdo con la regulación legal del aborto. A favor sí, pero en contra del contenido que a esa regulación le ha otorgado el Gobierno. Apuesto por una regulación más amplia que incluya la penalización de todo método anticonceptivo, incluyendo por supuesto, el mismo aborto como una variante de asesinato, sólo exento de pena alguna en casos muy concretos como el de violación. Y evidentemente, desterrando cualquier tipo de plazo para su comisión, pues vida hay desde el momento de la consumación de la relación sexual. Hablando claro, que si no quieres un niño, no te acuestes con nadie porque toda solución posterior contra esa criatura es asesinato.

Ahora la gente se escandaliza por la medida del Gobierno, que tampoco debe sorprender el alcance de la misma ¿Acaso desde que Zapatero es el Presidente del Gobierno se ha hecho algo bien? No entiendo por qué tanta sorpresa. Y consecuencia de ese escándalo generalizado que no comprendo, se convocan manifestaciones y actos varios, que tampoco entiendo su extemporaneidad y sentido, puesto que seguro que más de uno de esos manifestantes han tenido relaciones extramatrimoniales excluyendo de las mismas el fin procreador último, y además, porque dicha ley del aborto ya está en trámite parlamentario.

En definitiva, que el Gobierno, para variar, lo ha hecho rematadamente mal es evidente, pero ¿acaso no se busca culpabilizar al gobierno de la mala regulación de un hecho, que no haría falta regular si todos en nuestra intimidad fuéramos más responsables y controláramos a nuestros hijos debidamente? Da la impresión que se intenta escurrir el bulto en un tema al que no alcanza la función de policía de la Administración por pertenecer a nuestra esfera íntima. Hay que tener en cuenta que responsable en esta vida se es o no se es, pero no se puede imponer la responsabilidad coactivamente. Lo único que puede estar amparado en nuestro Derecho es la respuesta a un hecho culpable, no la conveniencia o no de su comisión, pues entra dentro del juicio responsable de cada persona.