Sabed vuestra merced que poco ha cambiado el mundo desde que en la España del Cuarto Felipe—aquella en la que el sol no lograba ponerse y al resguardo de su sombra, galantes hijosdalgos o quizás de nada pues la mayoría eran prestos en el arte del fanfarroneo, cortejaban a numerosas damas, que complacidas entre cortinillas de carruajes y golpes de abanico, provenían tanto de las casas de la alta nobleza como de esas otras en las que el juego, la bebida y el contoneo de tusonas de ley eran el pan nuestro de cada día—yo era mozo de buena planta, servía, junto a mi padre, a Su Majestad el Rey nuestro Señor con fidelidad y me enamoré, como casi todos en esta España tan de apariencias y de clases, de quien me sería imposible cortejar en mi acomodada vida.
Nada ha cam
biado buen amigo y valedor mío en estas líneas. Las damas, que por aquel entonces igual que ahora, conocían al detalle, aunque recatadas en sus modos, las argucias necesarias para mantener tras de sí a un puñado de jóvenes de buena planta y posición, no dudaban en hacerse valer hasta encontrar y conseguir al ingenuo galán de mayor postín que les hiciera venir a más a cambio de unos cuantos contoneos de caderas, líos de faldas, lances amorosos y trasnochadas vivencias que se avivaban en los mentideros de entonces, ahuecándose las desdichadas con estilo cuando el truhán en cuestión quería pasar a mayores. Gran era la astucia de éstas para robar el corazón al más pintado de la Corte. Nadie en aquella época arrendaba las ganancias al que fuera mirado por esos ojos tan bellos como la más preciada flor y tan venenosos cual serpiente o el mismo Diablo. Todos los que atraídos por el cebo, terminaban en los brazos de una de estas damas, concluían la historia aquejado su corazón de mal de amores que tardaba en cicatrizar semanas, incluso meses. El embelesamiento que causaban estas ninfas a medio camino entre las postas del Cielo y el Infierno, consistía en agrio mejunje de simpatía, cariño sin igual, besos a diestro y siniestro, exigencias no tan por lo menudo, contrariedades, suspicacias y demás trances que hacían perder la cabeza al más cuerdo. Ya me entiende vuestra merced, que si así porque así y que si ahora no por lo contrario. Y mientras tanto, importándole a ellas un ardite que nos estrujáramos el seso en procura de su complacencia.
Como conoce bien vuestra merced, yo, como alguno que otro por aquel entonces, aunque confieso que en lo que a mí respecta, sólo muy de vez en cuando, por no hacer menguar mi salud, que en aquellos tiempos había venido a más, entregué el corazón y mi pérdida de cabeza a una dama de buen ver, de rasgos finos y discretos, de esas de voz queda a la media luz del farolillo de un zaguán. Le fíe mi vida y al poco tiempo, tras hacer con ella lo que convino a su persona, me la repuso maltrecha, tras infinidad de reproches, alguno que otro fundado en sabe Dios qué falacia, mas empeño y resignación puse al intentar devolver las aguas a su cauce. Voto a Dios que lo hice con lo que quedome de dignidad a aquellas alturas, sin que tuviese, la susodicha, a bien comprender aquel trance, e importole todo aquello lo que al corchete de la esquina del mentidero; nada.
No supe, por aquel entonces, y lo relato a vos, fiándole a voz queda confidencias de mi pasado que aún hoy deben guardarse bajo llave, de la relación de aquella con el Santo Oficio, mas por lo menudo, pasado un tiempo, me confirmaron que era familiar del temido Tribunal de la Inquisición, del que todo el mundo se mantenía distante y la cabeza gacha por miedo a su potro de tortura. Así alcancé a explicarme, a suceso ocurrido, los indeseables encuentros que tenían costumbre de concluir en refriegas de toledanas y vizcaínas rechinando en la quietud, oscuridad y silencio de las noches, e incluso, más de una vez, apurado por la salvaguarda de lo único que por aquel entonces me quedaba en propiedad, la vida era lo único que no me arrebataron aquellos ojos, tuve que acogerme a sagrado para evitar a sus malévolos miembros, los cuales conocían todo de mí.
A fin de cuentas, aún hoy no sé que ganó aquella dama con mi compañía, mas bien sé lo que perdí yo con la suya. Comprome el corazón con falsos escudos y reales que le sobraron en el momento y, al trueque final, mi dignidad quedose arrastrada, mi sentimiento endurecido cual piedra llana de camino polvoriento y el corazón en un puño, herido y desarmado, por no hablar de mi bolsillo, que quedó menguado en demasía, no sabe vuestra merced hasta qué términos.
Nada pude esperar, tras llegar todo a su fin, de aquella dama, de la que nada supe hasta pasado un tiempo, que según dijo cuando volvió a hallarme, encontrome curado de espanto y aliviado del sufrimiento que me afligió sin ápice de compasión. Nada quedaba en mí de la que culpome de todo y de nada tan elegante y sutilmente. No he vuelto a verla desde entonces, sólo en mi memoria queda lo que de bueno me dio por lo menudo, y lo demás, lo llevose aquel Tribunal para su deleite y regocijo pues vencieron la batalla. El escaso e indeleble recuerdo permanecerá en mi cabeza, recuperada ya su cordura, hasta que, de nuevo se pierda tras las faldas de sólo Dios sabe que dama.
Pidiome vuestra merced le relatara alguno de los lances amorosos de mi juventud, por si relación alguna tuviera con los suyos en esta otra España en la que le ha tocado lidiar y sobrevivir. En procura de su certeza amatoria.
Su fiel y leal amigo.
Principios del Estío del trigésimo cuarto de Su Majestad el Rey nuestro Señor.
Nada ha cam
biado buen amigo y valedor mío en estas líneas. Las damas, que por aquel entonces igual que ahora, conocían al detalle, aunque recatadas en sus modos, las argucias necesarias para mantener tras de sí a un puñado de jóvenes de buena planta y posición, no dudaban en hacerse valer hasta encontrar y conseguir al ingenuo galán de mayor postín que les hiciera venir a más a cambio de unos cuantos contoneos de caderas, líos de faldas, lances amorosos y trasnochadas vivencias que se avivaban en los mentideros de entonces, ahuecándose las desdichadas con estilo cuando el truhán en cuestión quería pasar a mayores. Gran era la astucia de éstas para robar el corazón al más pintado de la Corte. Nadie en aquella época arrendaba las ganancias al que fuera mirado por esos ojos tan bellos como la más preciada flor y tan venenosos cual serpiente o el mismo Diablo. Todos los que atraídos por el cebo, terminaban en los brazos de una de estas damas, concluían la historia aquejado su corazón de mal de amores que tardaba en cicatrizar semanas, incluso meses. El embelesamiento que causaban estas ninfas a medio camino entre las postas del Cielo y el Infierno, consistía en agrio mejunje de simpatía, cariño sin igual, besos a diestro y siniestro, exigencias no tan por lo menudo, contrariedades, suspicacias y demás trances que hacían perder la cabeza al más cuerdo. Ya me entiende vuestra merced, que si así porque así y que si ahora no por lo contrario. Y mientras tanto, importándole a ellas un ardite que nos estrujáramos el seso en procura de su complacencia.Como conoce bien vuestra merced, yo, como alguno que otro por aquel entonces, aunque confieso que en lo que a mí respecta, sólo muy de vez en cuando, por no hacer menguar mi salud, que en aquellos tiempos había venido a más, entregué el corazón y mi pérdida de cabeza a una dama de buen ver, de rasgos finos y discretos, de esas de voz queda a la media luz del farolillo de un zaguán. Le fíe mi vida y al poco tiempo, tras hacer con ella lo que convino a su persona, me la repuso maltrecha, tras infinidad de reproches, alguno que otro fundado en sabe Dios qué falacia, mas empeño y resignación puse al intentar devolver las aguas a su cauce. Voto a Dios que lo hice con lo que quedome de dignidad a aquellas alturas, sin que tuviese, la susodicha, a bien comprender aquel trance, e importole todo aquello lo que al corchete de la esquina del mentidero; nada.
No supe, por aquel entonces, y lo relato a vos, fiándole a voz queda confidencias de mi pasado que aún hoy deben guardarse bajo llave, de la relación de aquella con el Santo Oficio, mas por lo menudo, pasado un tiempo, me confirmaron que era familiar del temido Tribunal de la Inquisición, del que todo el mundo se mantenía distante y la cabeza gacha por miedo a su potro de tortura. Así alcancé a explicarme, a suceso ocurrido, los indeseables encuentros que tenían costumbre de concluir en refriegas de toledanas y vizcaínas rechinando en la quietud, oscuridad y silencio de las noches, e incluso, más de una vez, apurado por la salvaguarda de lo único que por aquel entonces me quedaba en propiedad, la vida era lo único que no me arrebataron aquellos ojos, tuve que acogerme a sagrado para evitar a sus malévolos miembros, los cuales conocían todo de mí.

A fin de cuentas, aún hoy no sé que ganó aquella dama con mi compañía, mas bien sé lo que perdí yo con la suya. Comprome el corazón con falsos escudos y reales que le sobraron en el momento y, al trueque final, mi dignidad quedose arrastrada, mi sentimiento endurecido cual piedra llana de camino polvoriento y el corazón en un puño, herido y desarmado, por no hablar de mi bolsillo, que quedó menguado en demasía, no sabe vuestra merced hasta qué términos.
Nada pude esperar, tras llegar todo a su fin, de aquella dama, de la que nada supe hasta pasado un tiempo, que según dijo cuando volvió a hallarme, encontrome curado de espanto y aliviado del sufrimiento que me afligió sin ápice de compasión. Nada quedaba en mí de la que culpome de todo y de nada tan elegante y sutilmente. No he vuelto a verla desde entonces, sólo en mi memoria queda lo que de bueno me dio por lo menudo, y lo demás, lo llevose aquel Tribunal para su deleite y regocijo pues vencieron la batalla. El escaso e indeleble recuerdo permanecerá en mi cabeza, recuperada ya su cordura, hasta que, de nuevo se pierda tras las faldas de sólo Dios sabe que dama.
Pidiome vuestra merced le relatara alguno de los lances amorosos de mi juventud, por si relación alguna tuviera con los suyos en esta otra España en la que le ha tocado lidiar y sobrevivir. En procura de su certeza amatoria.
Su fiel y leal amigo.
Principios del Estío del trigésimo cuarto de Su Majestad el Rey nuestro Señor.



3 comentarios:
jajaja!!!tio tu eres el k escribe con el pseudonimo de Perez Reverte!!!!en serio te digo k kreia k era él y no tu kien estaba escribiendo.1abz gussi
¡¡Chapeau!! Muy bien centrándote mucho en las descripciones como Pérez Reverte, me alegro que me contases otrora en una tasca que todo te iba bien... 1 abrazo
JMB
hello... hapi blogging... have a nice day! just visiting here....
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