Queramos o no, nuestra vida se compone de etapas, más largas o quizás cortas, suponiendo un cambio, suponiendo miedo a lo desconocido, llevando consigo inseguridad y añorando momentos que se han ido. Sólo hace falta echar la vista atrás para que el paso de la vida escolar a la universitaria, de ésta a la laboral, los noviazgos, los matrimonios, aquel trabajo… lleve aparejado un cambio de ritmo en nuestra vida.
Es curioso hasta un punto, observar cómo nuestro comportamiento ante las diferentes situaciones de esas etapas va cambiando. Situaciones similares jamás las afrontaremos de igual manera en tiempos distintos, precisamente porque nosotros, fundamentalmente nosotros, somos los que cambiamos. Lo hacemos porque aprendemos aquello que no hay escuela que enseñe. La mejor y única maestra es la vida misma, que se sirve de sus circunstancias para hacernos madurar, para hacer que lo que antes nos suponía gran esfuerzo o pánico, ahora forme parte de nuestra cotidianidad, afrontándolo con la naturalidad que da el saber. Es la vida la que nos enseña, error tras error, a no volver a caer en ellos, la que nos ayuda a levantarnos cuando nos caemos porque las cartas vienen mal dadas, la que nos hace ver que sólo emborracha lo mal bebido, que para ganar una vez hay que perder antes otras tantas, que el éxito mal asimilado no es más que un gran fracaso… Todo esto nos lleva a conclusiones cuasi dogmáticas: el grado de madurez de una persona no depende del tiempo transcurrido sino de las vivencias que le hayan acontecido, que cada cual es responsable máximo de las acciones que van conformando su vida, para las que se requiere responsabilidad y coherencia entre actos realizados y principios que se asumen como propios, que cada uno debe afrontar su vida en función de las circunstancias que le toque vivir y alcanzar su propio éxito…
¿Quién dijo que la vida fuese un camino de rosas? No es más que una gran injusticia. El sólo hecho de nacer es injusto en cuanto al dónde. Nadie nos pregunta si queremos o no nacer, y mucho menos dónde. Nacer sano y fuerte es sólo privilegio de unos pocos, poder acceder a una u otra calidad de educación es pieza clave para el desarrollo personal y no todos tenemos acceso a la calidad deseada. Encontrar un trabajo acorde con tu cualificación es una suerte, la de estar en el sitio concreto en el momento justo para que se decidan por ti y no por otro. Conocer a la persona que te comprenda, te quiera y te haga ser feliz para tener la seguridad de compartir tu vida con ella es el mayor tesoro por descubrir. Son estas circunstancias las que, en cada caso, deben afrontarse para conseguir el mayor progreso personal y la felicidad terrenal posible. Los perdedores siempre han existido, pero los que pudiendo ganar, pierden… es por no aprovechar de manera adecuada las oportunidades que nos otorga la vida.
Hay que tener en cuenta que nuestro éxito personal en esta vida no está reñido con la tenencia de mayor o menor fortuna dineraria y aún menos con un progreso laboral extraordinario. Al igual que estos condicionantes pueden ayudar en la consecución del éxito, también son fuertes perversiones para alcanzarlo. Todo depende de uno mismo. Una fortuna mal administrada nos convierte en derrochadores, caprichosos, insaciables, nos hace perder el valor real de las cosas, lo que de sentimental hay en ellos, nos sume en el materialismo más despreciable. Un ascenso mal interiorizado nos hace déspotas, inhumanos, desconsiderados, avariciosos, egoístas, olvidados en otros aspectos, despreocupados por otros asuntos, nos absorbe en tal medida que terminamos viviendo para trabajar y no trabajando para vivir.
La vida nos va enseñando que los excesos siempre son perjudiciales, que las caídas son buenas si aprendemos de ellas y que en definitiva, todo depende de nuestros valores, nuestros principios y nuestra disposición en cada momento. Es muy humana la comparación práctica, sobre todo de nuestros semejantes, y tan humana como esto, es tener un ideal de persona a quien parecerse. Pero no nos engañemos, “cada uno es cada uno”, y por mucho que intentemos alcanzar ese ideal, jamás lo conseguiremos porque nadie es igual a otro. ¿Por qué ese empeño en querer ser como otro, en conseguir lo que no tendremos? Lo prioritario es conocernos a nosotros mismos, ser conscientes de nuestras virtudes y estar alertados de nuestros defectos para poder actuar con la máxima promoción de las primeras y aminoración de los segundos. No es fácil, evidentemente no lo es, pero en esta vida nada es gratis. Llegar a ser la clase de persona que uno quiere cuesta, a veces toda una vida, o incluso morimos sin haberlo conseguido. Sacar en toda circunstancia lo mejor de uno mismo no es cosa de dos días, supone un gran esfuerzo y sacrificio.
A veces te darás cuenta de que esa o aquella vez no actuaste como debías, o incluso serás consciente de esto en el mismo momento en que sucede, no haciendo nada para evitarlo. La vergüenza o el arrepentimiento posterior es una pérdida de tiempo, lo hecho, hecho está y no hay vuelta atrás. No debemos juzgarnos a nosotros mismos de una manera destructiva sino de forma pedagógica y constructiva. No perderemos el tiempo si del error aprendemos y en una circunstancia similar futura somos capaces de alertar nuestra conciencia para evitar otro fracaso. Debemos ser estrictos con nuestro comportamiento mas no implacables, pues de eso ya se encarga la gente que reduce su vida a la crítica. Nuestro sentido de la responsabilidad y coherencia en nuestras acciones son una garantía de éxito en nuestra vida diaria, pero debemos acompañarlas de elevadas dosis de humildad para evitar la presunción comparativa que alimenta nuestro ego. La línea entre el éxito y el fracaso es sumamente delgada y desenvolvernos a cada momento tal y como se espera de nosotros es honroso si de ello no se presume, pues le haría perder el valor que pudiera tener. El triunfo se encuentra en aquellas obras en las que nadie conoce el esfuerzo requerido ni su autor se recrea en la magnificencia de la misma.
El único juez de la vida es el tiempo. A cada uno le otorga su sitio, a cada uno le da lo que merece, a cada cual estima o castiga según sus actos, sabiendo que no hay dos oportunidades en cada momento. La enmienda de lo mal hecho sólo es posible a un tiempo más tarde mediante el reconocimiento y la disculpa. La satisfacción callada de lo bien hecho nos acorta la distancia hacia la gloria. La nostalgia melancólica por lo pasado no es más que una quimera irrepetible. La tortura de conocer las explicaciones que no se nos dieron sólo mina nuestra fortaleza para afrontar el futuro.
Todo cambia a cada momento. Debemos considerar la posibilidad de que lo bueno se torne malo, que lo que antes nos hacía felices puede que hoy nos canse, que aquello que nos ilusionaba es posible que hoy nos produzca desgana, quizás porque ya no somos los mismos que antes. Nuestra felicidad es caprichosa y cambiante, pero hasta ésta podemos dominarla.
La nuestra debe basarse en la sencillez de apetencias, el optimismo de espíritu y la entrega real al prójimo. La primera nos produce la satisfacción plena a costa de poco esfuerzo, ejercitar un conformismo generoso nos hace disfrutar más con las pequeñas cosas de esta vida, mantener una ilusión desmedida por cosas cotidianas nos puede hacer permanentemente felices si a poco que se haga lo valoramos como el más preciado regalo. Lo segundo debemos practicarlo para afrontar situaciones adversas, para saber otorgar a cada cosa la importancia que realmente tiene y que no nos mantenga ocupados más que el tiempo necesario. Así, haciendo de lo positivo de las cosas nuestro único punto de vista aceptaremos nuestras derrotas si un sólo lamento y con el esfuerzo preciso las convertiremos en victorias, cuando la vida nos ponga a prueba podremos responder del modo debido, cuando todo se destroce tendremos la fuerza suficiente para volver a comenzar, porque con optimismo conseguiremos sorprendernos llegando más lejos de lo que pensábamos. Y lo que es más importante, habremos estado tanto en la miseria como en la gloria y habremos aprendido la relatividad de los dos extremos, según con los ojos que se miren, aprendiendo a perder a y ganar. La tercera, se antoja fundamental para nuestro desarrollo personal. No podemos pasar por esta vida teniéndonos a nosotros mismos como único objetivo, el interés hacia los demás, la generosidad y la procura de todo aquello que se sabe que gusta o necesita el prójimo nos hace desprendidos, entregados y conscientes de que llegados a un punto, produce más satisfacción dar que recibir, que sólo la ilusión en las miradas es más que suficiente para compensar los esfuerzos realizados, y en definitiva, nos ayuda a comprender que parte de nuestra felicidad se encuentra en la felicidad de la gente que queremos.
Desde otro punto de vista, la entrega al prójimo también se manifiesta en valores tales como la paciencia, que nos hace pasar por alto todo aquello que carece de la importancia suficiente para reprocharse; la prudencia, que nos contiene antes de herir a nadie con nuestras palabras o actos sin dejar de ser por ello audaces en los planteamientos; el perdón incondicional, que nos mitiga la rabia y nos impide la crueldad con quienes queremos por grande que sea el daño que nos causen, incluso a veces, tendremos que perdonarnos a nosotros mismos por actuar bajo el dictado de los impulsos y no guiados por los principios y valores en los que creemos; la buena fe en los pensamientos, para no juzgar a nadie precipitadamente ni con la severidad de su peor enemigo; el amor y consideración desmedidos, para que cuando nada de ti se espere en momentos complicados, te redescubran y sientan tu cercanía, apoyo, cariño y fidelidad a pesar de los desencuentros acontecidos y el enfriamiento que ocasiona la distancia; la delicadeza, para tratar a cada uno como mejor sepamos, entendiendo sus virtudes y defectos y evitando las comparaciones carentes de sentido, pues no somos comparables puesto que ninguno somos iguales.
La persona acertada a nuestro lado, aunque no lo percibamos, puede aportarnos aquello de lo que carecemos, puede aminorar nuestros defectos y sobre todo nos proporcionará la seguridad que da el saberse querido, sentirse importante para alguien que, pase lo que pase, siempre permanecerá a nuestro lado incondicionalmente. A esa persona no sólo deberemos respetarla siempre tal como es, sin pretender cambiarla, sino que también la aprenderemos a entender porque la queremos; haremos todo lo que esté en nuestra mano para demostrarle nuestro cariño sin necesidad de hartar ni alabar en demasía; seremos pacientes cuando quizás no sintamos un cariño mutuo, precisamente porque el que no podamos sentirlo no significa que efectivamente no nos quieran; perdonaremos siempre por justicia, teniendo muy presente que al igual que hay cosas en ella que puede no gustarnos, incluso molestarnos, a esa persona le ocurrirá lo mismo con respecto a nosotros; cederemos y nos sacrificaremos hasta en lo más insignificante, porque lo existente entre dos personas no puede ser nunca egoísta y menos para mayor gloria del ego personal de uno de los dos.
También evitaremos hablar de lo que sabemos que puede preocupar a esa persona, porque lo último que debemos hacer es causarle amargura; no reprocharemos más que lo que consideremos de una importancia relevante, porque las discusiones no son buenas compañeras de las relaciones duraderas; seremos prudentes a pesar de la confianza que otorga una relación, pues la cercanía y cariño de la otra persona no es un cheque en blanco para dañar sus sentimientos aunque nuestra conciencia no advierta esa posibilidad; no deberá conocer nunca aquellos obstáculos que se interpongan y que podamos solucionar nosotros mismos sin necesidad de transmitírselos; aprenderemos a consolar a esa persona cuando todo se le torne gris y la ayudaremos a levantarse cuando se caiga, siendo conscientes que, aunque de cosas banales se trate, será suficiente para nuestra total dedicación que ella se considere ofendida, desanimada o decepcionada; procuraremos el optimismo y la alegría, porque la sonrisa es eficaz mientras que la tristeza aburre y cansa. Pero por encima de todo, confiaremos ciegamente en esa persona, porque las dudas, las intrigas, los celos, las sospechas… nunca han casado bien con las relaciones verdaderas. La compañía de una persona se desea para ser feliz con ella y es esto mismo lo que debemos procurar en ella.
Las relaciones de amistad son otro de los pilares fundamentales que afectan directamente a nuestra personalidad. Sólo con el tiempo comprenderemos que una amistad real es difícil, requiriendo, como todo en esta vida, entrega, dedicación, paciencia, sacrificio y resignación. No debemos entenderla con la ligereza y comodidad de lo fácil, porque el valor de su importancia radica en tener en nuestra mano la elección de las personas, a diferencia de la familia, que nos viene impuesta por la suerte de la vida. Por eso, cuidar una amistad es esencial. Y para ello debemos estar dispuestos a ofrecer más de lo que se nos pide; a ayudar cuando advirtamos que se nos necesita, antes de que se nos solicite y disimulando la desgana por tanto que nos cueste; a oír lo que se nos cuente aunque carezca de nuestro interés, porque el simple hecho de hablar y sentirse oído alivia las angustias y calma los miedos que nos acechan; a perdonar las disculpas sinceras por los errores cometidos de la misma forma que nuestros amigos nos perdonarán los nuestros; a dar sin esperar nada a cambio, porque una amistad basada en el interés de la contraprestación es falsa; a aceptar que te puedan decepcionar sin que por ello tu opinión sobre esa persona cambie; a entender que tu ya no seas una prioridad en la vida de otros por los cambios personales que el tiempo produce en ellos y a ser justo, valorando todo aquello que hacen por nosotros, sin que caiga en el olvido por mínimo que sea el detalle, y lo que es aún más importante, justo para no exigir a nadie más de lo que puede ofrecer, para no medir a todos con el mismo patrón pues ninguno puede compararse a otro.
Aprenderemos, echando la vista atrás, que mucha gente ha pasado por nuestra vida, pero sólo unos pocos se han mantenido a nuestro lado a pesar de los años; que muchos, por envidia o sabe Dios qué motivo, nos han criticado y falseado nuestras palabras sin esperar que respondiéramos con la verdad y la fortaleza para tratarlos de idéntica manera que anteriormente, demostrando así que lo que digan o hagan no nos afecta ni cambiará un ápice nuestro trato con ellos; sólo unos pocos cuando se ha hablado de nosotros nos han defendido a ultranza, demostrando su valía como amigo; sólo los que verdaderamente nos quieren nos han aguantado desaires, desconsideraciones y reproches injustos e inoportunos; sólo los mejores han estado a nuestro lado antes de que los llamásemos; sólo esos se han acordado, incluso a pesar de la distancia en la que se han encontrado de nosotros, de las pequeñas cosas que nos eran cruciales o de enorme emotividad… aquel examen, aquel trabajo, aquella persona, aquella prueba… sólo han sido ellos los que nos han dado los mejores consejos cuando nos perdíamos, sólo ellos nos han echado una mano en los peores momentos.
Hoy, en esta sociedad en la que todo se mueve por el interés, por aquello que nos pueda aportar el otro, debemos hacer ver a los que están a nuestro lado cuánto los necesitamos, cuán importante nos es su compañía, cuánto los queremos… porque a la confianza que ellos nos brindan sólo le daremos su justo valor cuando irrecuperablemente la perdamos. Debemos considerarlos una prioridad importante en nuestra vida, dedicándoles el tiempo que cada uno de ellos requiera y no dejándonos absorber ni influenciar por ninguno de ellos. Muy a menudo, la gran duda que rondará nuestra cabeza será la de estar o no comportándonos como debemos con cada uno. Con cada persona no sólo hay que comportarse y entregarse de la misma forma que ella lo hace con nosotros, habrá que partir del hecho de no ser perfectos además de pensar en todo lo que hacemos por cada uno y siempre que haya algo más que pudiéramos hacer deberemos procurarlo. Dar en función de lo que se ha recibido no forma parte de lo que por amistad incondicional se entiende, y mucho menos dar pensando en lo que se puede recibir.
Dar, entregar, dedicar, perdonar, consolar, entender, ayudar… todo de un modo incondicional es lo que le es consustancial a un buen amigo, de esos que conviene cuidar para no perder. En definitiva, debemos empeñarnos diariamente en hacer la vida fácil a los demás, procurando la felicidad de todos. Que si se cometen errores se perdonen, que si la tristeza y la preocupación todo lo inundan en los momentos duros en los que la vida nos pone a prueba sea la alegría de nuestro rostro el mejor disimulo para no amargar al resto, que si la desesperación nos invade sea el optimismo y la esperanza los que nos ayuden a continuar, que si sentimos el rencor, el odio y el resentimiento de aquellos que no nos valoran como debieran los perdonemos y queramos como si de tal cosa se tratara.
No debemos perder el tiempo mirándonos, pues se nos considerará por nuestra forma de ser, no por la gordura de nuestro ego. Por esto, debemos situarnos en el último plano de nuestras prioridades para así bien utilizar nuestra energía en los demás, procurando querer sin preocuparnos por ser queridos. A todo esto sólo queda añadir el sentido último, cuando el trecho andado sea más largo que el que queda por andar hasta la meta, en ese tiempo nada importará lo que hayamos tenido, nada quién nos creamos que hemos sido, sólo tendrá valor quién crea la gente que hemos llegado a ser y, precisamente por ello, quiénes siguen a nuestro lado por haberles merecido la pena. A los que ya no están con nosotros quizás no les compensó nuestra compañía y nada podremos hacer para mantenerlos a nuestro lado, no podemos atar a nadie pero si debemos pensar que nadie es indispensable, ni siquiera la persona más querida. Tampoco podremos volver a aquellos sitios donde las puertas se nos han cerrado por causa del olvido o el abandono y porque con los años nada nunca sigue igual salvo en nuestra memoria.
En ese tiempo, sólo nos quedará la satisfacción de haber intentado ser fieles a los principios en los que creíamos; de no haber decepcionado en exceso a aquellos que confiaron en nosotros; de intentar mantener la cabeza cuando las circunstancias te invitaban a perderla; de asumir la derrota y el triunfo con la misma tranquilidad, sin que la primera nos hundiera ni la segunda nos ensimismara; de ser muy conscientes de nuestras limitaciones y haber sacado de ellas el mejor partido; de no haber alardeado, aún cuando todo se tuviera, siendo conscientes que sólo los necios y los tontos lo hacen para hacer ver lo que todos ya pudieron comprobar antes por no ser tan tontos; de seguir digno y sencillo en nuestro trato a pesar de que la multitud nos alabe y engrandezca a diario; de no auto engañarnos ni crearnos una realidad ficticia para evitar así reconocer nuestros errores… la satisfacción del deber cumplido sin considerarnos héroes por adoptar una conducta que es la natural, normal y necesaria de toda persona cuya valía se precie.
Agradecimiento: A Elenita Morejón, por transmitirme las ideas cuando la inspiración me abandona.