Ya es tiempo. Tras la anual espera, vuelve, por fin, a ser tiempo. Tiempo de redoble de tambor lejano que el aire acerca o aleja a su antojo por la margen del río. Tiempo de puntadas de agujas en el cartón de lo que más tarde será un capirote en las trastiendas de la Alcaicería. Tiempo de papeletas en las Casas de Hermandad, de tertulias de pescado frito y buen vino en la barra de una taberna y de desempolvo de túnicas y espartos para su puesta a punto.
Ya es tiempo de ensayos, de parihuelas a media noche por cualquier esquina, de observar el avance del montaje de un Palio cualquiera y de limpieza de plata al compás de una marcha en un transistor antiguo tras un pequeño ventanal anexo a la Iglesia. Tiempo de cercanía a Ellos en besamanos o besapiés, de oración de Vía Crucis o Rosarios de la Aurora…
Ya es tiempo de atardeceres largos, de vencejos revoloteando las espadañas antojándose sombras a la luz de un sol rojizo y poniente. Tiempo de naranjos en flor perfumados de azahar, de balcones copados de gitanillas y colgaduras. Tiempo de un constante olor a incienso mezclado con aromas de torrijas y papelones de pescado saliente de hogares y tabernas por las ventanas.
Ya es tiempo de espontáneas ofrendas de flores en los azulejos callejeros de siglos, inalterables en el tiempo, de repiques de campanas en los zaguanes de Conventos y de carreras infantiles en la rampa del Salvador, perenne año tras año. Tiempo de mantillas y trajes oscuros, de continuar las tradiciones, de volver a los rincones que desde tiempos inmemoriales han servido para recordar un momento tantas veces vivido y de tan diferentes formas sentido, generación tras generación.
Ya es tiempo para consumir la llama de un cirio, dejando el olor a pabilo quemado y la cera en ennegrecidas y caprichosas formas. Tiempo de racheo bajo los faldones y de manos en los zancos, de estampas y rosarios colgando de una cruz llevada con resignación y de crujir de la madera tras tres golpes secos de martillo en una lúgubre calle. Tiempo de tintineo de bambalinas y varales cimbreándose al compás de una marcha. Tiempo de luces y sombras, de rostros absortos buscando lo que sólo cada uno es capaz de encontrar a cada momento.
Ya es tiempo de recuerdos, de nostalgias, de melancolías y de miradas perdidas en el vacío tras una esquina. Tiempo de nazarenos en soledad por las angostas calles de una Sevilla testigo de Su Pasión y Muerte. Tiempo de vivir, sentir, ver, oler y oír lo que está por llegar. Tiempo de observar y admirar la belleza de la estética de lo humanamente creado para Su grandeza.
Ya es tiempo, de todo eso es tiempo, pero no menos tiempo deja de ser para el cuidado de nuestra alma, tantas veces cegada y distraída por la maravilla de las artes humanas. Es tiempo, por ello, de abstracción, de misticismo, de ascetismo para llegar a Ellos sin detenernos en lo que los rodea. Tiempo de oración queda y sentida a media luz en la soledad de una capilla ante Ellos. Tiempo de reflexión y meditación consciente y responsable. Tiempo para aprender y lograr ser mejores siendo sabedores de nuestras limitaciones humanas.
Ya es tiempo, a la vez, de todo lo Divino y lo humano. ¡Vamos! Despierta que ya es tiempo de Semana Santa en Sevilla.
Ya es tiempo de ensayos, de parihuelas a media noche por cualquier esquina, de observar el avance del montaje de un Palio cualquiera y de limpieza de plata al compás de una marcha en un transistor antiguo tras un pequeño ventanal anexo a la Iglesia. Tiempo de cercanía a Ellos en besamanos o besapiés, de oración de Vía Crucis o Rosarios de la Aurora…
Ya es tiempo de atardeceres largos, de vencejos revoloteando las espadañas antojándose sombras a la luz de un sol rojizo y poniente. Tiempo de naranjos en flor perfumados de azahar, de balcones copados de gitanillas y colgaduras. Tiempo de un constante olor a incienso mezclado con aromas de torrijas y papelones de pescado saliente de hogares y tabernas por las ventanas.
Ya es tiempo de espontáneas ofrendas de flores en los azulejos callejeros de siglos, inalterables en el tiempo, de repiques de campanas en los zaguanes de Conventos y de carreras infantiles en la rampa del Salvador, perenne año tras año. Tiempo de mantillas y trajes oscuros, de continuar las tradiciones, de volver a los rincones que desde tiempos inmemoriales han servido para recordar un momento tantas veces vivido y de tan diferentes formas sentido, generación tras generación.
Ya es tiempo para consumir la llama de un cirio, dejando el olor a pabilo quemado y la cera en ennegrecidas y caprichosas formas. Tiempo de racheo bajo los faldones y de manos en los zancos, de estampas y rosarios colgando de una cruz llevada con resignación y de crujir de la madera tras tres golpes secos de martillo en una lúgubre calle. Tiempo de tintineo de bambalinas y varales cimbreándose al compás de una marcha. Tiempo de luces y sombras, de rostros absortos buscando lo que sólo cada uno es capaz de encontrar a cada momento.
Ya es tiempo de recuerdos, de nostalgias, de melancolías y de miradas perdidas en el vacío tras una esquina. Tiempo de nazarenos en soledad por las angostas calles de una Sevilla testigo de Su Pasión y Muerte. Tiempo de vivir, sentir, ver, oler y oír lo que está por llegar. Tiempo de observar y admirar la belleza de la estética de lo humanamente creado para Su grandeza.
Ya es tiempo, de todo eso es tiempo, pero no menos tiempo deja de ser para el cuidado de nuestra alma, tantas veces cegada y distraída por la maravilla de las artes humanas. Es tiempo, por ello, de abstracción, de misticismo, de ascetismo para llegar a Ellos sin detenernos en lo que los rodea. Tiempo de oración queda y sentida a media luz en la soledad de una capilla ante Ellos. Tiempo de reflexión y meditación consciente y responsable. Tiempo para aprender y lograr ser mejores siendo sabedores de nuestras limitaciones humanas.
Ya es tiempo, a la vez, de todo lo Divino y lo humano. ¡Vamos! Despierta que ya es tiempo de Semana Santa en Sevilla.



1 comentario:
Cueva!!Muy grandeee!!!Cada vez escribes mejor!Bueno, a ver si nos vemos pronto. Blanca SB!
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